Decía André Maurois que siempre ocurre lo inesperado. Sucede que te queda la mitad de la enfermedad que tenías antes de sonar el clarín del tercer paseíllo en la «Monumental Universitaria» de Pamplona, aunque la mitad latente (rehúyes refocilarte en el engaño: la cornada sigue siendo muy grave) baste para darte la puntilla. Agradeces con comedimiento (pues te consta que el morlaco suele arrancarse por la espalda o lanzar derrotes desde los alamares a la taleguilla) la buena puntería de los médicos y la ponzoña; agradeces con rubor los caldos caseros de Boo, los platos de la huerta de La Bérvola, la yuca, los patacones y los pucheros caribeños con el sello bogotano de tu Flaca (manos de santas que resucitan muertos); agradeces con deleite, en fin, las llamadas de aliento de tu tribu: tus amigos, tus prójimos, tus parientes. No importa cuán larga o corta sea la lidia irresoluta en el albero, te faltaría otra vida entera para devolver unas migajas del suculento afecto que recibes. A estas alturas ya acumulas débitos que no podrás saldar en tiempo y forma. Ni siquiera te reconforta que las atenciones que no tienen precio sean, en sí mismas, impagables, porque tu consuelo siempre será poco comparado con una deuda tan gravosa.