Aunque alguien te viera con un vaso de güisqui en la mano, y observara cómo lo llevas lentamente a los labios, bebes, levantas los ojos, la miras; aunque la muchacha caminara desde la barra, se sentara a tu lado, aceptara una copa, y luego brindarais, charlarais, rierais; aunque ella adivinara el momento crucial de ofrecerte su cuerpo de pago y después hubiera escuchado un sereno: «está bien, procedamos»; incluso en ese muy cierto y muy lúcido y muy preciso instante de insinuación y de arriendo —y en todos los ciertos y lúcidos y precisos instantes sucesivos que ella creyó que os estabais placiendo sobre el camastro cutre de aquel miserable burdel de carretera—, tú seguirías, como ausente de ti y de tu lumi, esperando. Ya no había un ahora gobernando el presente; sólo existía un después insistente y una espera incesante. La espera canalla de otro vaso de güisqui en el preludio cabrón, y otra vez imperioso, de un después anticipado y perverso.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!