Aunque alguien te viera con un vaso de güisqui en la mano, y observara cómo lo llevas lentamente a los labios, bebes, levantas los ojos, la miras; aunque la muchacha caminara desde la barra, se sentara a tu lado, aceptara una copa, y luego brindarais, charlarais, rierais; aunque ella adivinara el momento crucial de ofrecerte su cuerpo de pago y después hubiera escuchado un sereno: «está bien, procedamos»; incluso en ese muy cierto y muy lúcido y muy preciso instante de insinuación y de arriendo —y en todos los ciertos y lúcidos y precisos instantes sucesivos que ella creyó que os estabais placiendo sobre el camastro cutre de aquel miserable burdel de carretera—, tú seguirías, como ausente de ti y de tu lumi, esperando. Ya no había un ahora gobernando el presente; sólo existía un después insistente y una espera incesante. La espera canalla de otro vaso de güisqui en el preludio cabrón, y otra vez imperioso, de un después anticipado y perverso.