Entresacas del diario argentino Clarín: «Ese viernes se lo vio roto. Un espectro. Aquel viernes de cumpleaños estaba descompensado por el alcohol y por los fármacos que consumía para anestesiar los dolores. Los dolores del cuerpo y del alma. Los 60 le habían caído muy pesados. Estaba enojado. Estaba triste». Hasta esta línea, podría ser el anticipo de tu necrológica, que no hay mal que cien años dure. No es broma. Una mañana te pusiste a buscar tu esquela en el periódico creyendo que te habías reventado el páncreas el día antes. Son cosas que pasan cuando te pasas de frenada con ese tipo de cócteles explosivos. Luego, te llevaron al manicomio. Por tanto, conoces bien la historia porque también es la tuya; la historia interminable, en suma y sigue, de decenas de celebridades, de millones de anónimos, de vidas consumidas y de existencias consumadas. Has estudiado a fondo la miga de estos casos de demolición a pie de barril, y te sabes de carrerilla los laberintos, los apogeos, los hundimientos, los nudos, los giros, los delirios, sin necesidad de poner aquí los adjetivos. Son relatos casi idénticos, como dos hermanos gemelos. Basta con mirarse a la cara. En tu debe, sólo te falta por escribir el desenlace. Pero, calma, calma. Ya llegará, ya. Con el tiempo maduran las cerezas… Un poco más abajo, lees: «El problema para Diego muchas veces terminaba siendo Maradona». Y entonces te detienes. Esa es la clave, he ahí el paradigma. Quienes alguna vez os hayáis creído Napoleón o la reina del Nilo, bien que lo entenderéis. La afirmación sugiere que los dioses de carne y hueso tienen fecha de caducidad e insinúa, con pies de bailarina, las nefastas consecuencias de ascender al cuarto oscuro del trono y olvidarse de cómo se baja por la escalera. Por lo tanto, discrepas −tu vecino de barra diría: ¡discrepo abiertamente!−, discrepas, sólo discrepas, sólo un poquito, sólo dos sílabas, de aquellos que gritan que la huella del fallecido no es ejemplar. Falso. Es un ejemplo de cajón (no sólo y además fúnebre) que debería galopar por las aulas desde la escuela infantil hasta la universidad de mayores. Porque las lecciones no se dan, se toman. Y ésta, que es de libro, merece ser aprendida.
P.S. Ojo: en el culebrón que «se viene» nada se hallará de pedagógico ni convendrá darle pábilo. La autopsia, para los forenses.