Te supo a demasiado poco, pero bastó una conversación juiciosa –después del asado inolvidable en los fogones del casoplón de Margarita Cendales– para avistar en las hechuras lúcidas de su padre al hombre cordial que supo aceptar el convite de su hija –tu Flaquis– con elegancia y entereza. La formidable lucha interna que él sostuvo con los antojos de la vida, tras una decisión tenaz por peliaguda de la que ella te había puesto sobre aviso, se cobró un respiro en la trinchera de los avatares escarpados, y en sus miradas viste arder la llama del fraternal afecto, sin rastro de neblina, cuando nos regalamos el último tinto del opíparo festejo bogotano. Fue así como comprendiste que era muy grande su «Gordo». Siempre lo recordarás con aquel temple amable y nunca olvidarás la lección de coraje que, además de para cumplimentarte a ti, él le dictó a ella con su cariño de verdad latiéndole en el pecho y el arrojo de un maestro bien curtido en el albero del saber estar junto a su hija. Eso vieron tus ojos entonces, que se humedecen al lado de los de tu «Flaquita» también hoy, en el tercer aniversario de su adiós, y por los siglos.
8 de julio de 2021