Un quinto de la tarde, Bailador, destripó a Joselito en Talavera: otro quinto, Islero, acabó con Manolete en Linares; y a ti te matará un morlaco, de nombre Adenocarcinoma, en Dios sabe en qué turno y en qué albero (salvo que te dé matarile por anticipado un accidente cardiaco, un percance cerebrovascular o un encharcamiento pulmonar mismamente). Antes de la brega con el número cinco de tu lote, que no ha conseguido rematarte del todo por ahora, de esa quimera de la quimioterapia que es igual que un rejón ardiendo en los lumbares, los semblantes del equipo dirigido por el oncólogo navarro muestran una sorpresa luminosa, como un sol recién pintado sobre el tendido de la «Monumental Pamplonesa». Contra toda estadística, tú aún no haces la fila en ese corredor de la muerte donde se apelotonan, con el número impreso en la camisa de rayas, noventa y pico de cada cien condenados; y contra todo presagio, trascurridos seis meses, tu neoplasia sigue anclada en los medios del redondel, se mengua como un toro aplomado en su aquietada tardanza, y no exhibe en su lámina la divisa letal de la metástasis. Cuando la ciencia tropieza con el brete de constatar que lo inusual se impone con rara testarudez a lo ordinario, aumenta la incertidumbre (y resuena en la oreja un clarín de tenue expectativa) sobre el qué ocurrirá, y sobre otros cuándos y otros cómos y otros dóndes fortuitos, pero tú no te concedes vanas ilusiones; y por más que te citen de lejos con la muleta enarbolada de algunas pocas tardes de triunfos cicateros, te niegas a pasar por el engaño con mansa condescendencia. Supones que el azar es caprichoso, que no admite manejos, que marca sus propios tiempos, y sospechas que el arte de su lidia no es convocarlo por verónicas, ni suplicarle clemencia en banderillas, ni encomendarse con supersticiones bobaliconas al indulto de su espada, sino mantenerse ajeno, indiferente, casi omiso, a una prudente distancia de sus arremetidas y de sus antojos desde la calma torera, bordada en tabaco y oro, de tu apartado burladero.

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