Porque fueron muchas las madrugadas que nos morimos juntos, haciendo de la «necedad» rampante virtud de resistencia, nunca quise que llegara el momento de escribir que te me estás muriendo, y esta vez para siempre, mi fiel, mi gran querido amigo. Y siendo este país el que mejor entierra a sus difuntos, con obituarios pomposos que no pueden leer quienes ya se apellidan cadáver, quiero decirte algo, antes de que se haga demasiado tarde o que incluso a mí mismo me dé alcance la parca, compañero. Si finalmente te marchas tú delante, vete haciéndome sitio, que yo voy por detrás a tu rebufo, cuesta abajo, sin frenos y a «dos cortes de pelo» de distancia. —Has envejecido un montón, cabronazo —me dijiste cuando fui a visitarte días atrás con Salus, con Emilio, con Nacho, con Tino. Fue un disparo de escopeta de feria en la diana central del tiro al blanco, un pelotazo de buena puntería en el toro de trapo del pimpampum de mis adentros, que viniendo de ti es halago cariñoso antes que regañina de brigada, y es cierto que me estoy yendo a tablas malherido también, a punto de doblar como un cabestro «manso» de puro «chungaleto». Tanto, como de cruento se me reveló tu padecer al comprobar que en el baño del dormitorio no escondías a ninguna «lumi» de esas de «a tanto la salida» ni encontré rastro de lencería debajo del lecho hospitalario que delatara un postrer «viaje en los caballitos» o un «ayudado de flauta» de último momento. Es verdad, estamos acabados. Nos bebimos todas las cosechas y fumamos plantaciones enteras de tabaco, recorrimos los bajos fondos de la noche y alternamos con «princesas» de todas las alcurnias, precavidos de que si no hay «cucú» no hay «fufú» y pagando religiosamente «acoqui» como venerables santos, que nadie osó tirarnos la primera piedra, y con nuestro pan duro de honrados pecadores nos lo hemos comido a dentelladas. Desde que te conozco nunca fuimos dichosos, porque nuestro inconformismo visceral al alza no comulgaba con la felicidad bobalicona de los lerdos, pero pasamos ratos cojonudos, conversamos hasta por los codos y nos reímos a carcajadas con y de nosotros. Ni cuando te sentías «borroso» se desdibujaba la sonrisa quijotesca que se erguía sobre tu bigote poblado y tu perilla cana, traída desde Alcalá de Henares hasta estos andurriales carbayones, y cualquier atisbo de mosqueo lo zanjabas, tal que Puerta, Camino y Mondeño, en dos «patás». Fuiste el primero que anunciaste la crisis porque la viste nacer a pie de calle armado de una inteligencia innata para intuir los números que no se aprenden en las enciclopedias y de tu torrencial verbosidad brotaban agudezas dignas de la lengua cervantina que no están en los escritos. ¡Cuánto mucho y bueno me enseñaste, colega! Te supiste ganar las habichuelas como el «simple cuponero» que acabaste siendo –expresión que, por cierto, convertiste en divisa–, pero con más honores que un alto dignatario en su palacio regio, y para ser consecuentemente honesto en la misión de vender las papeletas por los bares a veces, muchas veces, había que cogerse algunos «ciegos»: —¡Qué se le va a hacer, cosas connaturales del oficio, chavalote. Va en la paga del «currelo»! —recitabas con guasa. Por amor a tu tribu avalaste a Pepe «el hijoputa» y, a pesar del pufo que presentías a través del periscopio que trepaba travieso por detrás del cogote con la décima copa, si no estuviera en búsqueda y captura le volverías a dar hasta tu ropa, aunque te quedaras tieso y «boquerón» sin varilarga en el puño ni castoreño en la cabeza. Quienes, como mi menda, tuvimos el inmenso placer de frecuentarte damos fe. Deambulamos, en fin, «que voy, que vengo», tantas horas de luna como tantas de sol, de modo que llevamos en las carnes el doble de los años que señalan los engañosos libros de familia, y ahora te me «mandas mudar» con la paz en el semblante, la conciencia tranquila, los deberes hechos y los «muñecos colocados en el futbolín», que hasta para morirse hay que saber hacerlo. Con los pies por delante, claro está; mas vistiendo las perneras por las extremidades. Tuviste –quiero aferrarme a que a esta hora palpita todavía– el corazón más grande, sincero, generoso y leal que nunca he conocido entre los de nuestra raza de pobres «trastornados» y fuiste, de la «patulea», el más «chachi piruli», el más «dabuten», el más «fetén» de la cuadrilla. Si es verdad que existen los milagros, a Dios se la has puesto botando para demostrarlo, y debería reparar con tanta bondad como la tuya lo que se cierne inevitable cuando en el juego final de la partida pintan bastos. Con tipos de tu estampa la existencia escabrosa era más llevadera, con tu ausencia me lo pones en chino y muy difícil, camarada. Difícil de cojones. Así que, rememorando nuestros mejores viejos tiempos, despidámonos igual que siempre lo hemos hecho: —Qué te vaya bien, Tito. Un abrazote. ¡Y cuídate, jodido! —Gracias, Misa. Te quiero, campeón… ¡Igual«muerte»!
Ángel Férriz Viñas, el Tito, falleció el 8 de octubre de 2017.