El Gobierno va a hacer imprimir en las cajetillas una nueva leyenda lapidaria: «Fumar propaga el virus de la Covid por el aire». Una pena, que después de darle muchas vueltas —te consta—, no cuajara la que le sugeriste desinteresadamente a la ministra Carolina Darias: «Corra al estanco. Sus aerosoles le sientan muy bien a los Presupuestos Generales. Gracias por contribuir al bienestar del prójimo» (la doña prefería que pusiera «del conjunto de los ciudadanos» y ahí la cosa empezó a torcerse…). Tú, inasequible al desaliento, como dice la cursilandia, y con los datos económicos de 2020 en una mano y un pitillo en la otra, le propusiste un segundo guiño, de tono más triunfalista, y ella, muy educada de nuevo, se excusó con que no cabía en la pequeña mancheta en negativo que alerta —lo de alerta es una broma— tanto a los adictos y a las adictas de la pleura izquierda como a los adictos a secas de la derecha. Rezaba así: «Fume. Fume y no deje de fumar jamás, por favor, por lo que más quiera. Gracias a sus impuestos podríamos sufragar en un año 1.125 Casas de S. M. el Rey; o 38 Ministerios de Universidades; o 27 Ministerios de Sanidad; o 25 Ministerios de Política Territorial; o 15 Ministerios de Industria; o 13 Ministerios de Cultura; o 11 Ministerios de Agricultura, Pesca y Alimentación; o 5 Ministerios de Justicia; o 3 Ministerios de Educación y Formación Profesional… Sí, usted debe saberlo, debe saberlo de una vez para siempre y debe recordarlo de por vida, no lo olvide nunca, nunca, nunca, que gracias a sus impuestos hemos logrado costear todo el Ministerio de Defensa; o todo el Ministerio del Interior; o, fíjese, fíjese bien, preste mucha atención, todo el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, más el Ministerio de Ciencia e Innovación, más el Ministerio de Asuntos Económicos de una sola fumarada anual, ¿cuál?: la del año del coño del recoño de la pandemia. ¡Qué! ¿Cómo se le queda el cuerpo, eh? ¡Felicítese, felicítese!, sin besos y sin abrazos, no vaya a ser que, claro, el virus, en fin, el dichoso bichito, ya me entiende… Usted celébrelo, celébrelo, pero con cuidado, con lavado de manos, distancia social y todas esas mandangas; usted celébrelo porque se lo merece, porque se lo ha ganado y, sobre todo, porque se lo ha fumado. Verá: sabemos que el 20% de su cigarrillo le produce a usted un placer cuasi coital, no renuncie a él; y admírese: hemos conseguido que el 80% restante se lo produzca a las Cuentas del Estado, una orgía descomunal, ¿no cree? ¿qué le parece? Un pulmón de 9.000 millones de euros, aunque, si lo prefiere en pesetas, agárrese con fuerza a los brazos de la silla: un billón y medio. ¿Cómo? Como lo oye. Exacto, usted lo ha dicho: un dineral, un pastón, un megagigapastizal… ¡y de la Geltrú! (clamó por teléfono desde Vilanova el ex Salvador Illa), casi cuatro veces mayor que el ingreso fiscal por la Lotería Nacional, la Primitiva, la Quiniela, el Quinigol y el Euromillones juntos. Por tanto, dese prisa, encienda un pitillo ahora mismo, y con la colilla prenda otro a continuación. No permita que se extinga la alegre humareda de regalías que flota en las arcas del Tesoro ni deje para mañana el tabaco que pueda fumar hoy, que no se diga que los y las tabaquistas no podemos superar el listón de las 148 toneladas de pucho al día; al contrario, aumente poco a poco la dosis y disfrútelo largamente en beneficio suyo y de los demás (o sea, “del conjunto de la ciudadanía”, volvió a corregirte la señora Darias, que ya comenzaba a hiperventilar). Eso sí, hágalo en la puta calle o en su putísimo retrete, que ya conoce las reglas, ¿de acuerdo? Así me gusta, vamos a ponernos serios, cumplir la ley, preservar el civismo, respetar el estado de derecho, ea. Y si tiene alguna duda, repita con la ministra: Salimos más fuertes… eso, eso (eso fue, por cierto, lo que más le entusiasmó a la excelentísima). Pero, en cualquier circunstancia, mantenga la sensatez, salga usted bien fumado o bien fumada del portal o, mucho mejor, quédese en casa, ¿se acuerda del mantra del «quédese en casa»? Un éxito total, oiga. Porque a ver, ¿qué se le ha perdido en la terraza del bar? ¿Y en la plaza de toros? ¿Y en el estadio de fútbol? Nada. Nada de nada. Pues entonces… Hágame caso, siéntese en la tapa del váter, despáchese a voluntad, absténgase de visitas, y nadie irá a tocarle el cirio o a meterle el dedo en la breva. ¿Entendido?».