Amanecimos en tugurios de toda estofa, él nunca con una copa de menos ni exactamente de más. Masticamos divorcios, viudedades, noviazgos en cuesta abajo, ataques agudos de misantropía; trotamos sobre los delirios de la nocharniega a brida suelta; compartimos secretos desde esa cota de bebendurria que se acaba empinando cuando el discernimiento entra en interrupción sostenida. Nos condenábamos, nos absolvíamos, y vuelta a empezar. Al despedirnos nos dábamos la mano y la extremaunción: «Per istam sanctam unctionem et suam piisimam misericordiam…». Sabíamos nuestros teléfonos, pero nunca nos llamamos. Para vernos, bastaba con seguir el rastro por donde dejábamos recado. Había sido un corredor de finales y llegó a ser un desocupado con principios. Un atleta olímpico tan indomable como desganado. Un fenómeno insólito. Un genio.