No entiendes qué significa luchar en relación con el padecimiento de un cáncer. A menos que el verbo luchar equivalga a someterse al tratamiento, alimentarse bien, dormir lo suficiente e intentar llevar una vida metódica. O implique, como en tu caso, avezarse a una paciencia estricta, amaestrar una tranquilidad de pachorra e incentivar un buen humor al alza (y cuanto más negro, más nutritivo). Cualquier planteamiento distinto se te antoja tan inútil (y tan ingenuo) como el forcejeo del toro malherido con los peones de la cuadrilla, esa artera maniobra de inducir al bicho a dar vueltas circulares en los capotes de brega hasta doblar las manos, después de recibir una estocada mortal de necesidad, y aún te quedas muy corto en tu apresurado dictamen. Por qué, a ver, alma de Dios, piénsalo un poco, con qué tirachinas, lanza, fusil o ametralladora te vas a enfrentar a los genes sublevados: KRAS (NM_033360.4), TP53 (NM_000546.6) y ARID2 (NM_152641.4). Si quieres abatir a las células revoltosas más te valdría olvidarte de los médicos y gastarte el dinero en un mercenario de las letras y un sicario de los números para revertir la rebelión, que quizá entonces te sonría un futuro distinto. Tu única pelea, la más auténtica, la más de verdad, la que realmente te importa, ha sido y sigue siendo contra el alcohol (que el próximo Día de Difuntos —si llegas allá— hará cinco años que mantienes amarrado en los bolardos del muelle seco) porque ahora ya eres libre para elegir beber o no beber, porque darle o no darle a la botella ya depende enteramente de ti. No, contra el cáncer no entras en liza (por mucho que desde siempre sólo te hayas involucrado en aquellas contiendas que, como ésta, sabes que vas a perder); no secundas una cruzada sin cuartel, que ya de suyo da la ciencia (junto a un montón de pasta gansa, si no vete preparando el sudario…); no, no sostienes un combate a sangre y fuego. Frente al cáncer adoptas una actitud circunspecta y una conducta informada que no presupone ni desgana ni resignación, sino una postura comedida que se limita a escuchar cuidadosamente las alternativas, estudiar las propuestas, ventilar las medicaciones y mantenerte al tanto de los avances científicos, guiándote en tus decisiones antes por el instinto que por la razón, en un proceso sistemático que, como mucho, mucho, darías en llamar modestas escaramuzas del pensamiento plasmadas en un papel, pequeños rifirrafes sobre tu mesa de trabajo, es decir, hacer algo, lo que sea, en lugar de no hacer nada, sin crearte expectativas falsas, sin demasiado convencimiento, y ello, seguramente, por un motivo extraño, por un enigma oscuro que desde que conociste el diagnóstico te arrastra con ensañamiento a un paradero desconcertante: que tu muerte no parezca del todo un suicidio. «Puede que una batalla —como afirmó Napoleón— decida una guerra, pero a veces una insignificancia decide la suerte de una batalla» (incluso cuando la guerra estaba perdida de antemano). Por eso, mientras sigas tropezándote mundo adelante con el ínfimo mensajero del azar antojadizo (que es el que cuenta), ni borracho se te va a ocurrir buscarle las cosquillas o dispararle.