A las ocho en punto de la mañana recorres las arterias del encierro, desde la cuesta de Santo Domingo hasta el portón de toriles de la Monumental. Ya falta menos para que estalle el chupinazo y explote el jolgorio, para que el vértigo retorne a las calles abarrotadas y los mozos a las carreras a todo trapo (torbellino en blanco y rojo de apretaduras, forcejeos, topetazos, resbalones, montoneras), para volver a citarse con el peligro bienquisto en la curva de Mercaderes con Estafeta o en el tramo de Telefónica o en el callejón de la plaza… y para librarse de un costalazo bajo el capotillo del santo patrón de la fiesta y los milagros. En Pamplona, por Sanfermines, la muerte palpita en el pitón de un derrote y la vida se deja la piel a desgarrones, en un centímetro, en una pulsación, en un segundo, como un soplo de tiempo en estampida, como un trémulo tris de todo o nada. Todavía fiel a tus rituales, caminas despacio y repiensas tus intuiciones. Te arremete la embestida inminente de un encabronado ultimátum: cirugía o radioterapia. La cirugía es una opción probable, pero a ti se te antoja remota. Habría que descartar que el cáncer siga infiltrado en el tronco celíaco, el vaso hepático común, tal vez el duodeno. La radioterapia es una posibilidad conservadora, un empeño (¿desesperado? ¿ilusorio? ¿infructuoso?) de intentar alargar el ocaso. Sin cirugía no hay curación que valga, con radiación sólo cabe aspirar a impedir el avance. Renunciar al quirófano es abdicar de una cura dudosa, consentir en radiarte es (casi, casi) un suicidio forzoso y (sutil, sutilmente) inducido. Al llegar a Pio XII consigues simplificar el galimatías. O permites que arramblen con el chicle entero o autorizas a que traten de estirar la goma. Una hora antes de entrar en la clínica, tu pensamiento ya vaga libre y vacío como la hornacina de San Fermín, despojada de flores, velas, pañuelos y cánticos hasta el 7 de julio. Por fin, has dado con la respuesta. ¡Gora!