Esta tarde te has detenido en las dos pasiones que marcaron la vida de la todoterreno Aura Lucía Mera: el alcohol a calderadas y el torero Domingo Dominguín. Su «Testimonio» es un libro sincero, valiente y desgarrador. De tanto leerlo, casi lo sabes de memoria. Te lo regaló en el despacho de su cuñado Kike, el ganadero taurino Enrique Álvarez Quelquejeu, un colombiano de raza que nació en Valladolid. En la dedicatoria, fechada en Cali, marzo de 2010, escribe: «A Misael, compañero de viaje, con mucho cariño». Idéntico cariño al que sientes desde entonces por esta mujer arrolladora, ejemplo vivo de rehabilitación sostenida y de escritura sin tapabocas. ¡Coraje!
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!