Lees narrativa alcohólica, si es que te inclinas por llamar así a las biografías de los bebedores atrapados por la dipsomanía. Curioseas en el terreno resbaladizo de los lugares comunes, a menudo poblados de parecidos elementales —nadie pierde el tiempo ni lo hace perder a los demás con un capítulo sobre el agua mineral, a no ser que cometa la insensatez de mezclarla con el güisqui—, y, sobremanera, indagas con meticulosidad en los pequeños detalles. Posees quizá (tú lo supones sin malicia), una de las bibliotecas más crecidas en el tema, y te complaces en acercar la lupa a los pormenores diminutos. Resaltas esas pequeñeces, nueve, catorce, treinta y cinco, según quién las mencione y cómo y cuándo y dónde; y hasta ciento ochenta y dos tuviste que subrayar en una ocasión extrañamente pródiga y excepcional. En esas minucias casi microscópicas tú encuentras siempre la miga para separar a los que escriben con honestidad de los que mienten, para poner en el estante de arriba a los veraces y en el de abajo a quienes lo hacen de oídas o toman la palabra de prestado. Esta vez, la carga definitiva de la prueba ganduleaba en una línea casi escondida de «Lagunas», un portento de nutridas embriagueces de doscientas cincuenta páginas, y más exactamente en la ciento cuarenta y dos, en el primer renglón: «No puedes vivir con la bebida y no puedes vivir sin ella». Lo firma Sarah Hepola, tiene el sello de la editorial «Pepitas» y había caído en tus manos en 2019. Tres años antes, tú ya habías dicho lo mismo en una entrevista, aunque con menos elegancia y en primerísima persona: «Si bebo estoy jodido y si no bebo también. Siempre estoy jodido». Pero claro que no pensaste en un plagio cuando lo leíste, por supuesto que no. Tal posibilidad parecía remotísima, la frase brillaba en el libro con mayor delicadeza que el exabrupto de tu boca publicado en un periódico de provincias, y de ningún modo vas a discutirle la autoría a una mujer que colabora nada menos que en The New York Times Magazine y en The Guardian, tendrías que estar borracho, muy borracho, perdidamente borracho, para llegar siquiera a imaginarlo. Todo lo contrario. Gracias a esa coincidencia nimia, a esa chiripa fortuita, dejaste inmediatamente de buscar las insignificancias en el texto y te sentiste profundamente esclarecido. ¡Como para no estarlo! Tras varios desengaños, acababas de verificar que en Dallas existía una escritora que contaba la verdad. Y guiado por una certitud incuestionable, porque obviamente era además la tuya propia, continuaste la lectura hasta el final, agradeciste en tu alma la dignidad acorazada de la prosista y le deseaste mucha suerte con el abrazo amistoso —y aquel día también sereno— de un alcohólico legítimo.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!