El teléfono sonó en tu escritorio una tarde de mayo de 2009.
—Le llamo para agradecerle que nos haya apadrinado a un niño y me gustaría tomar un café con usted —tronó una voz recia y cavernosa, con dejillo colombiano, al otro lado del auricular.
Una semana después, sentados a la mesa de un bar ovetense, le hablaste al padre Pérez desde el pozo sin fondo de tus cuartos oscuros, de los sonados triunfos que fueron algunos de tus grandes fracasos, de tu fe bajo mínimos en el reino y la especie, del recelo hacia la caridad que ejercemos cuando sólo damos aquello que nos sobra, del tacaño donativo, casi una obligación, por la hospitalidad que te brindó la tierra bogotana donde dejaste amigos y abrazaste romances, y del egoísmo disfrazado de limosna, el de aflojar, en fin, veinte míseros euros al mes para quitar a un niño del hambre y la ignorancia con la contrapartida de mitigar los incendios vitales que le cercan a uno, pero él no se inmutó. Como si cada arruga de sus arcadas hubiera visto ya, muchas veces, trepar hasta los ojos un ejército de autodestrucción y lascivia, un batallón de calaveradas y promiscuidades, de humillaciones y desprecios, de orgullos rebosantes y egos descontrolados, el padre Pérez te absolvió de tus culpas mundanas tras aquella confesión laica al calor de una taza de «tinto». Mas, ¿cuál sería la penitencia que te habría de imponer?

—Si puede, écheme una mano —dijo clavando sus ojos en los tuyos. —Aunque no se lo crea necesitamos gente como usted.
Hace 50 años que este sacerdote puso sus pies en suelo vallecaucano, después de dar la comunión a un puñado de beatas en Trubia, un pueblo del concejo asturiano de Oviedo, y de suministrar la extremaunción a decenas de legionarios en el Hospital Militar de Las Palmas de Gran Canaria, cuando la guerra de Ifni con los marroquíes. Ya en Cali, levantó de la nada un centro educativo de descomunales proporciones, construyó barriadas obreras para aliviar el yugo de los «corteros» de caña más empobrecidos y conoció el almíbar amargo de otros curas españoles —Domingo Laín, José Antonio Jiménez, Manuel Pérez «Poliarco»— que cambiaron el misal del púlpito por el fusil de la guerrilla y se tiraron al monte (unos más que otros, todo hay que decirlo con justicia) a predicar el evangelio de la cocaína y a catequizar por la piedra a hermosas muchachas virginales. Él —Pepe para los amigos, cura Pepe para la curia, padre Pérez para el protocolo, páter para los cercanos— también cerró el breviario de los rezos al cielo, pero lo hizo para abrir los libros del conocimiento terrenal a pie de obra. Fue capellán y director de recursos humanos del consorcio azucarero Ingenio Providencia, hasta su jubilación, y fundó, acto continuo, Padrinos Asturianos con la noble misión de redimir a centenares de chiquillos abocados a la prostitución callejera, el tráfico de estupefacientes o el crimen organizado por la vía de saciar sus estómagos famélicos y sus corazones huérfanos a golpe de filantropía, con el honrado propósito de llenar sus cuerpos y sus almas de formación profesional y de humanismo. Le tienes mucha ley a este asturiano que en su perseverancia es —y habrás de consignarlo de este modo— absolutamente la de Dios; a este cristiano, tan radical e irrepetible, que en su viejo zurrón de clérigo y psicólogo porta las herramientas para indagar en el prójimo con paciencia de santo y optómetro de oculista, y que a pesar de los años se niega a concederse un minuto de descanso. Tiene la Fundación entera en la cabeza y su mano derecha nunca sabe en qué se ocupará mañana la siniestra. Los mimbres que tejen los cestos, que empujan a los hombres grandes a hacer lo que hacen, son igual de inescrutables que los vericuetos por los que han de transitar, razón de más para gobernar la institución con la misma cautela con que los amos de la Coca-Cola guardan bajo siete llaves la fórmula secreta de la felicidad embotellada. Lo suyo es recolectar colaboradores para la organización, bautizarlos en la pila del hombro con hombro solidario y ungirlos con funciones y quehaceres a la misma endemoniada velocidad que en las pasadas navidades reclutaba el aguinaldo de los niños más necesitados, unas pocas monedas que transferir al país más rico del mundo en esmeraldas… ¡qué extrañas paradojas! Otra tarde, el padre Pérez te volvió a llamar para decirte que se sentía cansado y achacoso, que quería retirarse. Que su último empeño era la pervivencia de Padrinos Asturianos cuando pase a mejor vida. En tono de solemnidad y con grave preocupación, te pidió que te hicieses su representante, que le ayudases a buscar un sucesor, que te convirtieras en su «alter ego».
—Eso no es posible, Pepe –le contestaste con amabilidad. —Ninguno de quienes te rodeamos podremos asumir jamás un encargo de semejante calado. Mira, escúchalo bien, el padre Pérez sólo tiene un sustituto posible en Colombia y en España…
—¿Quién? ¿quién? —te interrumpió.
—Quién va a ser. El propio padre Pérez, Pepe. Y no le des más vueltas a tu reemplazo —terciaste antes de colgar.