Ya van quedando pocos chigres como el viejo «Bar de Luis Echave» en Buelles (Peñamellera Baja), donde podías tomar una cerveza, comprar una pastilla de jabón, adquirir unas alpargatas de esparto o encargar un entierro, porque también vendía ataúdes y disponía de todos los ornatos funerarios para despachar un sepelio como Dios manda. Salustiano Llamazares (el hostelero más honrado de Oviedo, con quien compartes esta foto bajo el cartel que advertía: «El hombre valiente no blasfema nunca») te había invitado a pasar la tarde en el retiro veraniego de su aldea natal donde, finalmente, acabaste pernoctando aquella noche de bebida a cántaros. En un santiamén, os trasegasteis como colofón una botella de vino de la muy renombrada bodega «Los Molinos» que, tras un litro de güisqui que llevabas encima y de pimplar por anticipado todo el licor que había en la casa de tu dilecto amigo, te cayó como un balazo en el estómago. A la mañana siguiente, tan pronto despuntó el alba, bajasteis a la taberna y le pediste al bueno de Luis un gin-tonic que te llevaste al coleto de dos abundantes tragos. Un minuto después le dijiste que te pusiera otro, pero con un poco más de hielo, mientras Salustiano se trincaba en un periquete dos botellines de agua bien fría.
–¿Hay «resecu»? –preguntó el tabernero con una mueca regada de sorna.
–Un poco. ¡Cómo si vinieramos del desierto! –le contestaste tú devolviéndole el cumplido con un dejo de espontánea socarronería.
Había allí un parroquiano madrugador, amoratado y borroso, que alzó entonces la voz con inaplazable apremio:
–¡Y el tinto que yo pedí! ¿«Ye pa» hoy, «ho»?
–¡«Tieneslu», ahí. No «lu» ves!
Se giró en el mostrador, alargó el brazo y como no podía alcanzarlo, mientras daba unos pasos temblones para cogerlo con la mano, soltó como una pedrada:
–¡Joder, un poco más y «pónesmelu» en Molleda!
Oír Molleda, que queda a cinco kilómetros de Buelles, soltar una carcajada y echar por las narices la mitad del gin-tonic fue todo uno.