En su momento tuvo mucho que ver la mujer que te amaba, en esta ocasión tenías que hacerlo por ti. Llevabas veintisiete años en tinieblas, como quien se queda a oscuras y no encuentra la llave de la luz ni la puerta de salida de la habitación. A pesar de los fracasos seguiste buscando la manilla y el interruptor con una cabezonería semejante a la testarudez que derrochabas en empinar el codo. Aunque la historia tienda a repetirse, las cosas no suceden dos veces de la misma forma. En 1985 contabas con un sanedrín de médicos, una cajonera de pastillas, dos sanatorios y varios grupos de Alcohólicos Anónimos. Después de un carretón de intentos hueros acabaste derrotando al enemigo. El triunfo duró lo que duró: nueve años de renuncia. Mitad por desventura, mitad por displicencia, en 1994 entraste en un bar para saciar la sed del diablo y volviste a tirarte al monte sin discernimiento. Ni siquiera te detuviste cuando la ruina de la casquería y la bancarrota patrimonial irrumpieron juntas en la procesión, tal y como tú mismo habías barruntado. Impasible al derrumbe, entregado a la perdición, asumiste, como en la cláusula bancaria, que las rentabilidades del pasado no garantizaban las rentabilidades del futuro. Roto el timón y volados los puentes, en octubre de 2020 también te desahució la medicina. «No podemos hacer nada más por usted», te dijo el capataz de la enésima cofradía de psiquiatras agotados, «lo hemos intentado todo y ya no sabemos cómo ayudarle». ¿Y ahora qué? Ahora quedaba el escombro de un hombre destruido y una fe bajo mínimos para seguir renqueando solo, a pulso y por tu cuenta. Si existen los milagros, más te valdría esperarlo tentándote los argamandeles. Lo de menos era sanar las mataduras del cuerpo o restituir los bienes de fortuna, pues, mal que bien, calculabas que sobrevivirías con cierta holgura al estropicio; lo de más era restablecer una mínima decencia, decretar la paz en tus feudos internos, sentirte digno de ser, de ser simplemente un ser humano, y de existir, incluso con los costurones a cuestas del naufragio. En la Semana Santa quisiste ver el parangón de tus vicisitudes. La cruz del Nazareno reemplazaba a la botella; la subida al calvario, a un ciempiés de recaídas; la resurrección, a la abstinencia duradera; la salvación, a un cáliz de secano hasta el sepulcro. Nadie conoce a ciencia cierta cuál es el trago final hasta bastante después de habérselo bebido, y, sin embargo, esta mañana tú lo sabías con cegadora claridad. Esta mañana sumaste las noches que has venido celebrando una victoria discretísima y los amaneceres que arrostras con suma precaución, consciente del demonio que te acecha y de que lo peor suele llegar sin previo aviso. Esta mañana sí sabías, por fin, la fecha del desistimiento. La supiste al confirmar que hay nubes y árboles y pájaros que continuaban estando ahí, pero que estuvieron ausentes media vida, y que esas nubes y esos árboles y esos pájaros habían regresado al paisaje igual que tú habías regresado a la sobriedad tal día como hoy hacía, exactamente, cinco meses. Por eso, esta mañana de abril y de Cuaresma, miraste a las alturas y volviste a apretarte bien el cíngulo. En el cielo gris todavía brillaba la esperanza.
P.S.: Tú no estás solo en esta guerra. Tienes una familia y un puñado de amigos que conocen tu alcoholismo y que, aunque no lo sepan, te son de gran ayuda y te llenan de afecto. Tú siempre les darás las gracias hasta el punto y final del acabose.