«Preciso de seis reais pra o remédio que eu tenho que levar a minha irmã, eu juro, senhor, ela está muito doente, por favor, por favor», te importuna un muchacho que surge de repente frente a ti. Tú estás sentado a una mesa en una cantina de Cabo Frío, levantas la vista del libro «Propaganda Ilimitada» y lo miras con sumo detenimiento. Andará por los quince años, lleva un gorro de lana azul marino en la cabeza, de la frente le cuelgan dos mechones rizados que se abren sobre las cejas como los cortinones de un teatro, y en los ojos marrones, uno de ellos velado por una nube grisácea en la órbita, adviertes un pozo de tristeza circunvalado por el gesto arisco que se dibuja en el rostro de los chavales que van por la vida con cara de no tener mucha suerte. Como intuyes que te dice la verdad, sacas un billete de la cartera y le propones un trato en tu portugués macarrónico.
—Eu te dou esta nota de vinte reais e você me devolve quatorze reais em meia hora, tudo bom?
—Tudo bem, obrigado, muito obrigado —contesta alzando el pulgar.
Al poco, entran en la taberna Claudia y la madre. A Claudia la conociste en Madrid y empezaste a llamarla Clau cuando os ennoviasteis en el verano de 1995. Ella te escribía mensajes de amor en el reverso de las facturas de los hoteles, que siempre encabezaba con un cariñoso «Para Mich». Su elegante madre, la señora Geysa, os había invitado a pasar unos días en una casa de campo en Portinho, adonde viajasteis desde Niterói a mediados de noviembre. Aquella tarde iban a comprar algunas cosas para la cena, así que decidiste esperarlas bebiendo un güisqui. En realidad, te excusaste con que tenías que acabar de leer el libro de Francesc Petit, con quien te habías entrevistado en su agencia de São Paulo, la mítica DPZ (Dualibi, Petit, Zaragoza), para un reportaje en el periódico. Cuando les cuentas a la madre y a la hija lo que ha sucedido, y las invitas a sentarse hasta que el muchacho venga a devolverte el dinero, te miran como se mira a alguien al que acaban de darle un timo de tomo y lomo.
—Ah, coitadinho, o menino da rua não volta mais. Você não conhece os patifes do Brasil… —te anuncia la señora Geysa con inconsolable resignación.
—Olhe pra mim, Mich. Você caiu numa pegadinha, eu te avisei, eu te avisei —añade Clau, enroscando un dedo en tu sien como si te estuviera apretando un tornillo.
En estas, tal que si el cielo se abriera de par en par, el muchacho del gorro azul marino regresa chorreando sudor. Mientras se enjuga los mechones rizados que le caen por la frente como los cortinones de un teatro, enseña el envoltorio de la farmacia, posa catorce reales sobre la mesa y vuelve a darte las gracias. Entonces, elevas el pulgar en señal de aprobación y le dices que se guarde la vuelta, pero no consigues que te entienda del todo. A punto de salir corriendo con la medicina, interviene la señora Geysa para explicarle que es una propina «muito bem ganhada» por ser un joven honrado. Por fin, el garoto de la nube grisácea en la órbita recoge su recompensa y antes de irse por la puerta exclama: «Você é un homem muito legal, Deus abençõe o seu coração, obrigado, muito obrigado». Clau y la señora Geysa se quedan en silencio, observándote. A continuación, te aplauden y se enorgullecen. Y tú, contento como unas pascuas, encuentras la «coartadinha» que andabas buscando para pedir una ronda «de mais» y brindar por el chico más honesto de los suburbios cabofrienses. No hará falta añadir que os fuisteis ya bien entrada la noche…