Fue un galán en mangas de camisa, un dandi a pecho descubierto, un gentleman de buena ley con pinta de malote. Con él, jamás una voz más alta que otra en los bares de copas que pisasteis, excepto la suya de tan bello timbre: recia, incombustible, sin micro ni bafle. Desde cualquier taburete de la barra, cada canción era un tronido armónico, un cañonazo melodioso que aplastaba el asedio de la marabunta pipiola y vocinglera cuando en las noches de picos pardos aún hacíais guardia un puñado de búhos con galones al calor de una colonia de luciérnagas en edad de merecer. Nada más falso, eso de que los viejos rockeros nunca mueren; a no ser él, tu Mario querido, quien con su guitarra en ristre siempre tendrá un palco de honor en la hospitalidad de tu memoria.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!