Fue un galán en mangas de camisa, un dandi a pecho descubierto, un gentleman de buena ley con pinta de malote. Con él, jamás una voz más alta que otra en los bares de copas que pisasteis, excepto la suya de tan bello timbre: recia, incombustible, sin micro ni bafle. Desde cualquier taburete de la barra, cada canción era un tronido armónico, un cañonazo melodioso que aplastaba el asedio de la marabunta pipiola y vocinglera cuando en las noches de picos pardos aún hacíais guardia un puñado de búhos con galones al calor de una colonia de luciérnagas en edad de merecer. Nada más falso, eso de que los viejos rockeros nunca mueren; a no ser él, tu Mario querido, quien con su guitarra en ristre siempre tendrá un palco de honor en la hospitalidad de tu memoria.