La última genialidad de Pepe Monteserín es un volumen de deliciosa factura y tan crecido como un tomo del «Espasa». Nadie como él, que derrocha pasión en lo que idea, podía despachar este artefacto literario de dimensiones bíblicas donde, sin estar todos los honorables del orbe «plumatario», sí lo son los trescientos y uno que inspecciona con erudita legitimidad, decente irreverencia, desbordante entusiasmo y particularísimo talento. En la premura urgente de un primer vistazo, bien se comprende la imprudencia de lanzarse con precipitación cortoplacista a la lectura de un tesoro cuya delectación exige parsimonia, como la faena bien cuajada del torero con tablas ante un miura de fornida estampa que exhibe arrobas de casta, trapío y bravura desde el morro hasta el borlón. De los libros inclasificables por extraordinarios, el de Pepe tiene los contornos de una obra maestra y los confines de una obra cumbre. Y no sólo por las jugosas reseñas, anécdotas, entresijos, peripecias e imágenes que iluminan las andanzas con los escritores a los que busca adrede o le salen al paso por ventura, sino porque el autor nos desvela la fórmula de la apoteosis aplicada al magisterio de la vida: la inspirada vocación del prosista curtido en merecidos éxitos y el espíritu viajero del trotamundos que va desafiando territorios con la curiosidad intelectual por montera. A Monteserín le ha salido una enciclopedia ciclópea que es más trepidante que la universal de Riquer y más colorista que la española de Hurtado. Es una cronología gigantesca desde el remoto antes de Cristo hasta el día mismo de darla a la imprenta; una vasta biblioteca de culto y de cultivo; un apabullante mapamundi de urbes insospechadas y crestas insólitas; un álbum fotográfico de originalidad abrumadora; una apología del arte esculpido durante siglos en los ribetes de la intemperie en cueros vivos. Hoy celebras con alborozo este parto titánico, felicitas con efusión al amigo entrañable y agradeces con franqueza la dedicatoria manuscrita que te ha tributado, porque la sabes sincera, aunque exagerada… Pero tú no exageras −y aún te quedarás corto− al recomendar vivamente este «Con mucho busto» porque, además de suponer para ti un gusto inexcusable, el lector disfrutará de un enorme, un colosal y un hercúleo bustazo.