Te has detenido en la muerte con harta frecuencia. La has visto retratada en el rostro de tus colegas de ensayos clínicos, del mismo modo que ellos deben de verla esculpida en la escualidez afilada del tuyo. En sus preámbulos suele tener el gesto demacrado y las carnes enjutas, pero en su colofón no porta una guadaña al hombro ni cubre la cabeza con la pañoleta de una vieja enlutada. Tú no comulgas con el pelaje simplón, de viñeta macabra en las historietas negras, que disfraza a la parca con atuendos caricaturescos o fantasmales, tú la delimitas en los contornos concisos de un fenómeno connatural a todo ser y todo existir (único requisito previo), y de un acontecimiento final, indubitable, inevitable, intransferible, que decreta el dejar de ser y de existir como precepto primero de la vida y como consecuencia última de la condición humana (o animal: somos primates erguidos, simios parlantes). Por mucho que lo niegue Régis Debray en El País, resulta demasiado obvio que se «aprende a morir». El magisterio del acabose, que para él es «absurdo, casi algo cómico», exige valor, sensatez, discernimiento y una dosis generosa de buen humor (por favor, no equivocarse: lo cómico es artificioso y vulgar, el humor es genuino y suele ser concienzudo). Al pensador francés, ya entradito en años, le habrá faltado tiempo para leer a Platón y a Cicerón, lo que implica no saber una palabra del Fedón donde queda dicho que la filosofía es la meditación de la muerte (Meditatio mortis), ni de las Disputaciones tusculanas, bajo la idea capital de que filosofar es reflexionar (Commentatio mortis) y prepararse para la expiración. Se «aprende a morir» viviendo con coraje, como se ejercita el vigor encabronado de «vivir muriendo» aunque el fuelle languidezca en cada curva de la ruta («Hay que andar y joderse», le escuchaste exclamar una vez, siendo todavía un niño, a Emilia la Fontona, aquella mujer derrengada de Beiciella, un modesto paraje entre San Martín y Soto de Luiña en el concejo de Cudillero, y convertiste la frase en uno de tus lemas favoritos). Pero, sobre todo, se «aprende a morir» desaprendiendo a vivir con realismo frente a la certeza y el misterio de lo que se torna forzoso (e incluso conveniente). La imprudente querencia por apurar la vida a toda costa es el torpe espejismo de esa etapa terminal en la que ansiarás marcharte sin tardanza, mas sin precipitación, con los ojos abiertos (si no es mucho pedir), habitado de lucidez y curiosidad, embebido en el tránsito de la última aventura, tanto más campante por coronar el itinerario cuanto de ufano exhibe el corredor de fondo en ese instante glorioso de atravesar la meta. A ti te han dado por muerto en varias ocasiones (quien dice que va a llover, tarde o temprano acabará teniendo razón) y cada agonía ha sido experimento, y cada resurrección, pedagogía. Por la ventana de la habitación 868 del Hospital de Día, en la octava planta de la Clínica Universidad de Navarra, ves el edificio del Materno Infantil «Ama-Haurren Ospitalea» y, entremedias, los festones de la alegoría y de la paradoja en sutil equidistancia. En la engañosa frontera entre los que nos iremos pronto y los que van llegando, Tagore acude a tu memoria con un aforismo didáctico y revelador: «La muerte es de la vida igual que el nacer; como el andar está lo mismo en el alzar el pie que en el volverlo a la tierra».