Jamás volverás a ser el que fuiste hace sólo dos telediarios. Y no tanto por lo que vas dejando atrás: adiós a las guitarras nocherniegas, adiós al güisqui viejo, adioses a chaquetas, pantalones y camisas que te quedan demasiado holgados (por no decir enormes), a libros que no tendrán otra oportunidad, zarzuelas que no saldrán de la carátula, almuerzos que no podrás yantar, cafés de pico fino, con un golpe de clavo y de canela, que se alejan del trajín de los pocillos, sino por lo que ves delante de tus ojos, que es como presenciar lo nunca visto. Ahora, de un modo inesperado, ves una alborada húmeda de brumas, y un mediodía de sol desvanecido en lucha a manotazos con una nube preñada de aguacero, y un largo atardecer que empieza jactancioso, luego más fanfarrón, después herido, al fin, guillotinado. Ves todo lo que no existía cuando te creías del todo vivo (y de madrugada más vivo que ninguno en los tugurios de pintalabios rojos, milonga y borrachera. Tenéis razón, podéis gritarlo hasta desgañitaros: vivalavirgen, putañero, alcohólico; en esos atributos dormirá su eternidad amable el runrún delator de tu epitafio, el lacre de tu diploma inalienable en la ciudad «muy noble, muy leal» de los galardonados, en ese cortijo del Oviedo aborregado y zote donde se entierra tan bien, tan rematadamente bien, que sepultaron antes de tiempo a una princesa en ciernes y cuando regresó de la tumba, con la diadema regia sobre la calabaza, terminaron haciéndole la ola: oh, esas marionetas, lameculillos de alfombra azul o colorada igualita al rubor que no aprendió a subirse todavía a los rostros de hormigón armado esplendorosamente pagados de sí mismos; ah, esos maniquís, pelotillas de palurda pasarela, trompeteros de falsario rendibú, «subepisos», «flotaesquinas» rubricaría, mejor que tú, González-Ruano), ves, decías, —perdónense exabruptos y rodeos— lo que no existía cuando te creías del todo vivo y estabas casi ya del todo muerto (como ahora, como casi). En ti, mano que no nació para el dibujo, ha brotado de súbito un paisajista tardo; y tras la mirada atenta al firmamento, de repente, un amanecer, una puesta de sol, una noche lunera o estrellada, que jamás habían estado antes ahí, por más que lo estuvieran desde que el mundo es mundo (y tú sin enterarte, hay que joderse), alzan libres el vuelo en el lienzo de tu espontánea fantasía, y con la imaginación alucinada puedes superponerlos a tu antojo sobre la bóveda celeste del barrio rolo de Monserrate o de la playa carioca de Niteròi o de la porteña avenida de Corrientes. No, no volverás a ser el que fuiste no hace tanto, lo admites. Lo admites sin remisión, sin quebradero, lo asumes en su celeridad enrevesada. Mientras la muerte te ronda con su guante de seda en los puñales, la vida (todavía vida, contra todo pronóstico) te trae cambios de rumbo sorprendentes, regalos serondos, insospechados, gratuitos en un ciento de postales nuevas.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!