Y ella te besó en los labios. Y te sacudió el hondón. Y tú la besaste en todo su ser. Y se estremeció su cuerpo entero. Y os entrelazasteis. Y se durmió en tus brazos. Y en su regazo conciliaste el sueño. Y cuando despertasteis queríais seguir juntos. Y supisteis, así, que en los cielos serenos de los amores nobles (a cientos de kilómetros su boca de tu boca, tu corazón del suyo), vulnerando las leyes del tiempo y del espacio, hervía la metafísica de un profundo cariño y un inmenso deseo.
8 de julio de 2018
La eternidad existe
En la rodilla, un clavo; en el costado, un rejón. Entre el viernes de Cruz y el sábado de Gloria llegó la hora suprema como estaba escrito. De tan llenos de heridas, queríais cicatrizarlas; de tan muertos de amor, resucitaros. Por siempre y para siempre. Y un mes después del devoto bautismo, que corretea con su hisopo de goce por el almanaque, planearon cogidos de la mano, sin soltarse ya nunca, empezar a desnudarse el alma.
4 agosto 2018
Milagro en agosto
Era como si caminarais sobre el agua… Ella soltó el bastón y corrió a abrazarte con pies de bailarina. Tú la envolviste en tu pecho y sus ojos cegados volvieron a brillar con un fulgor flamante en las tinieblas. Rompisteis ataduras, esquivasteis tapujos, vencisteis timideces, superasteis temores. Vuestras caras se iluminaron como soles risueños que alumbran la campiña. Por los labios manaban cántaros de vino y en las manos nacían panes y peces como para llenar una docena de banastas. Sabíais que para que ocurran los milagros, bastaba con hacer que sucedieran. La tarde devotamente arrodillada se desvistió seducida en la noche. El cielo comenzó a sobrecogerse. El dormitorio tembló en un aleluya. Un haz de luz divina resplandeció sobre el lecho mecido en la penumbra mansa de las plegarias sobrenaturales. Os disteis de comer, os complacisteis, y no podíais saciaros.
15 de agosto de 2018
Amarse hasta el infinito
Os mirasteis en comunión con las pupilas sagradas de la intimidad y os visteis reflejados en el espejo inmaculado de la desnudez desatada. El apetito enloquecido de avidez se alimentó en los sugerentes encantos de la exuberancia curvilínea y se colmó en los pliegues rebosantes de la sabrosa carnosidad santificada. Sobre el huerto perfumado por una nube de incienso, que esparcía la tenue llama de una vela piadosa, armonizabais tiernamente los jadeos, y cuando estallaban en la culminación del frenesí se oían melismas celestiales como si fueran modulados por un coro de serafines complacidos. Cada consagración trajo el retumbo de un trueno y el vértigo de un relámpago, zurcidos en la placentera intensidad de una liturgia interminable… Al tercer día recitasteis el sermón evangélico de las siete palabras:
–«Siempre te amaré», dijiste tú.
–«Yo también, mi vida», añadió ella.
Y os enamorasteis, a perpetuidad, de tanto teneros y de tanto daros.
21 agosto 2018