Siendo imprescindibles los tratamientos, con su ceñuda cruz de malos tragos, para seguir en la brecha (y sobre todo el azar, no te cansarás de repetirlo), es en el trato humano que te dispensan en la Clínica Universidad de Navarra y en el Instituto de Medicina Oncológica y Molecular de Asturias donde percibes con agradecida admiración la cara sonriente de un afecto sincero y en cantidades industriales. En Pamplona, con su indumentaria gris y sus dentales blancos; en Oviedo, con su vestimenta verde, a veces con su bata resplandeciente por encima; acá y allá, en esos dos templos hospitalarios en los que la ciencia dosifica las terapias y la fe implora la piedad de los prodigios imposibles, el personal de enfermería (de predominio femenino, por más que también hay hombres extraordinariamente competentes) y, en general, todos los médicos entregados al afán de mantenerte vivo (vivo aún y contra todo pronóstico, tampoco dejarás de señalarlo) son un hermoso ejemplo de amabilidad y de empatía, de familiar cordialidad incluso. Aunque en puridad no cure enfermedad alguna, la cortesía, como el aire de los neumáticos, no cuesta nada y hace más agradable la ruta. Tú que, como Petrarca, «sum peregrinus ubique» (en todas partes soy —eres— un peregrino) y más ahora, ya en las últimas etapas de tu aventura vital, declaras con gratitud que ambos equipos sanitarios, el pamplonés y el ovetense, te hacen sentir tan bien como en tu casa. Por tanto (tanto, tantísimo) das cumplido testimonio con tu mayor regocijo y las gracias con tu más holgada complacencia.

Para Mayka, Marta, Alejandra, Arantzazu, Pablo, Raquel, Diana, Lucía, Sara, Arancha…; para los doctores García, Ponz, Chopitea, Azinovic, Méndez, Robaina, Pardo…; y para tantos y tantas más.