La neumóloga fue al grano: «Para mí quisiera yo su saturación de oxígeno en la sangre y esos pulmones relucientes que observo en las radiografías». Se lo dijo este viernes a tu anciana madre, restablecida sin secuelas de una gripe que cursó con la fuerza de un escuadrón de artillería el invierno pasado. La afirmación de la joven doctora, delante de tus narices, te alegró y desconcertó a partes iguales. En sesenta años de matrimonio con tu padre, tu progenitora respiró la espesa nube de un marido devoto de los cigarrillos de liar, los cigarros puros y las labores de cazoleta hasta el último día de su vida. A lo que debes añadir aún, por si fuera poca la tolvanera, la tupida humareda que tú mismo te complaces en dispensarle con todo lo que consigues exhalar por la boca en largas jornadas de nicotina. Durante tres lustros, en diaria convivencia; durante los últimos seis, algunos días a la semana. En tu incredulidad sobre los males causados por terceros a los «fumadores pasivos» se ensarta otro argumento más que atiza la hoguera de un escepticismo cerval, pero que no deja de avivar la fogata de una patraña sanitaria al alza. A este paso, cualquier día podrían acusarte de homicidio culposo por la muerte de la vecina de enfrente, que se sienta a dos mesas de distancia en la terraza del café donde todavía puedes llenar el cenicero. Y te preguntas, ¿para entonces podrás fumar en la cárcel? Aviso: desde que lo prohibieron en los hospitales no has sentido la urgencia de volver a ingresarte… La medida, has de reconocerlo, encierra dosis tremendas de eficacia disuasoria. Es mano de santo, oiga. Con todo, el hábito más aconsejable para prevenir la salud ajena sería cortarle la lengua al coro de medicastros que se abona a evidencias interesadas y propaga verdades irrefutables sin fundamento. Aunque tampoco matan al prójimo, las mentiras hacen mucho daño. Más, incluso, que tus humos empedernidos.