Le conociste en la cancha «gracias a la pelota», ésa que fue su gloria en vida, ésa que sepultó en un epitafio apresurado; y le seguiste en la distancia, cuando el monstruo empezaba a devorar al mito en la liga azarosa del crepúsculo. En el espejo roto de los despropósitos, —y de la rebeldía y del abatimiento y de la desesperación y del reconcomio— tú también te has visto reflejado muchas veces. Por las similitudes del retrato, conoces mejor al Diego Armando hombre que al Maradona futbolista. Por eso intuyes que ayer, en el último minuto de la prórroga, mientras hasta el rabo todo seguía siendo toro, «El Pelusa» volvió a enfilar la banda con renovados tinos, regateó uno por uno a todos los demonios y empotró el cuero por la escuadra (sin miramientos, y con y por su mano). Así debió de ser, probablemente, su desquite postrero y su victoria póstuma, y así fue como se alzó para los restos con el verdadero, el auténtico, el más duro, el más atroz, con el campeonato más decente y más humano de todos los triviales campeonatos.