Le conociste en la cancha «gracias a la pelota», ésa que fue su gloria en vida, ésa que sepultó en un epitafio apresurado; y le seguiste en la distancia, cuando el monstruo empezaba a devorar al mito en la liga azarosa del crepúsculo. En el espejo roto de los despropósitos, —y de la rebeldía y del abatimiento y de la desesperación y del reconcomio— tú también te has visto reflejado muchas veces. Por las similitudes del retrato, conoces mejor al Diego Armando hombre que al Maradona futbolista. Por eso intuyes que ayer, en el último minuto de la prórroga, mientras hasta el rabo todo seguía siendo toro, «El Pelusa» volvió a enfilar la banda con renovados tinos, regateó uno por uno a todos los demonios y empotró el cuero por la escuadra (sin miramientos, y con y por su mano). Así debió de ser, probablemente, su desquite postrero y su victoria póstuma, y así fue como se alzó para los restos con el verdadero, el auténtico, el más duro, el más atroz, con el campeonato más decente y más humano de todos los triviales campeonatos.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!