Fue en el viejo General de Asturias. Tu casquería empezaba a resquebrajarse y hubo que acometer la resección de lo que estaba atrofiado. Te rendiste a su bisturí y ella siguió vigilando tu salud durante los tres largos años en que la séptima planta del hospital se convirtió en tu segundo lecho. Entonces no sospechabais que, poco después, tendría que afrontar de urgencia la cirugía terrible de tu mujer. Nunca olvidaste su gesto comedido ante diagnósticos adversos ni su franqueza amable sobre pronósticos enrevesados. En aquel erizado brete, supo conducirte por la esperanza posible en el milagro improbable, sin expectativas ilusorias y sin dramatismos. Por eso, por tanto, por todo, en esta hora fatal de amarga pesadumbre, tu corazón le dice agradecido: Toda mi gratitud, doctora Rizzo; hasta siempre, amiga Amaya. Descansa en paz.