Fue en el viejo General de Asturias. Tu casquería empezaba a resquebrajarse y hubo que acometer la resección de lo que estaba atrofiado. Te rendiste a su bisturí y ella siguió vigilando tu salud durante los tres largos años en que la séptima planta del hospital se convirtió en tu segundo lecho. Entonces no sospechabais que, poco después, tendría que afrontar de urgencia la cirugía terrible de tu mujer. Nunca olvidaste su gesto comedido ante diagnósticos adversos ni su franqueza amable sobre pronósticos enrevesados. En aquel erizado brete, supo conducirte por la esperanza posible en el milagro improbable, sin expectativas ilusorias y sin dramatismos. Por eso, por tanto, por todo, en esta hora fatal de amarga pesadumbre, tu corazón le dice agradecido: Toda mi gratitud, doctora Rizzo; hasta siempre, amiga Amaya. Descansa en paz.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!