Ha largado Fernando Simón: «La gente no va a un bar para estar sola en una esquina». Y ha vuelto a meter la pata, este buen hombre ignorante, a menos que su sapiencia cuadriculada encasille a los bebedores de claustro en otro grupo social: el de la gentuza. ¡Hay que tocárselos! Si no necesitas de nadie para salir al quiosco, al estanco o a la botica, para ir a la taberna tampoco, que el buey suelto bien se lame. Es más, a menudo tendrás que mudarte de tasca para librarte de pelmazos como Fernando Simón. Esos, que se acercan a hablar de la curva, la vacuna, las ucis, como si a ti te importaran algo todas esas pijadas, y vulneran el recogimiento que zigzaguea entre la mano temblona y el vaso lleno del primer lingotazo; esos, que te dan la mañana con el tiempo tan malo que hace o con que a no sé quién cojones lo han echado de casa, y quebrantan la orfandad del segundo, del tercero, del cuarto copazo, a solas con tu periódico, tu libro o tu cuaderno, en el manso rincón cartujano de tu asiento en la barra. ¿Será que a Fernando Simón no le enseñaron en la universidad que los bares son las farmacias de los alcohólicos solitarios? ¿Si lo supiera, no abogaría por tenerlos de guardia?