El 19 de abril de 2012 se paró para siempre el corazón de La Voz de Asturias. El periódico salió a la calle con la tinta caliente sobre sus páginas octogenarias y no volvió más al quiosco; como un lobo de mar, que se va a pique en su balandro viejo con las botas puestas y la pipa humeando, sin poder retornar a la orilla. En la engañosa musculatura de lo efímero trota la alforja de un viaje minúsculo a ninguna parte. Bastan veintitantas letras del abecedario para escribir la historia colosal de los días, e incluso la vida toda de un hombre –por mucho que ese hombre sea tu padre– se apretuja en dos simples latidos, el primero y el último, y se aventa en un adiós precipitado, también el 19, mismamente de abril, en 2013. Apenas somos pizca de algo o, como oyes decir ahora, somos más bien la nada y «lo siguiente». Cada cabo de año, el luto te somete y la memoria te libera. En el recuerdo alumbra el faro resplandeciente de los robles ancianos que supieron morir de pie, aun a sabiendas de que la hemeroteca y la bitácora ya sólo son cenizas rodando por el suelo.