«No soy mejor que cualquier otro, pero soy mejor de lo que era», escribió John Cheever en 1976 cuando abandonó la bebida para siempre. Como si de un milagro se tratara, hoy puedes afirmar lo mismo. El alcohol ha quedado atrás, la serenidad necesita un plazo más largo. Por lo menos otros seis meses. Nada de sacar pecho ni ponerse chulo. La máquina de pensar sigue averiada, excepto para intentar doblegarte con un montón de trampas. Las conoces. Prohibido arriesgar, improvisar o tantear el señuelo de un engañoso consumo moderado. Sería como pegarte un tiro. Añadamos un año a mayores, que el tiempo es sabio y médico. No hay prisa. Mientras escampa, basta con ir tirando. Sobrevuela la última oportunidad, el órdago final de la partida. Es ahora. O no lo será nunca.