Te acuerdas del gorro de lana azul marino en la cabeza, los mechones rizados que se abrían sobre las cejas como los cortinones de un teatro, los ojos marrones, uno con una nube grisácea en la órbita, del pozo de tristeza circunvalado por el gesto arisco en el rostro. Los rasgos quedaron fijados en tu memoria como la cara de «O garoto Bombril» en la mollera de cualquier familia brasileña. Ni Francesc Petit ni Washington Olivetto pudieron sospechar que el personaje de un producto de limpieza ascendería a los cielos de la publicidad mundial y acabaría laureado con el premio «Guinness» a la campaña más larga de la historia: 337 anuncios de televisión, a cuál más ingenioso, durante 23 años. «O garoto Bombril» nació en un folio en blanco y envejeció en los pantalones de un actor genial llamado Carlos Moreno; como Carlos, se llamaba también, el muchacho que te pidió «seis reais para o remédio da minha irmã, por favor, por favor», y que tampoco Clau, tu adorada Clau, ni su madre, la elegante señora Geysa, imaginaban que regresaría con los cartorce reales de la vuelta. Os lo dijo la dueña de la cantina, tras preguntarle a su hijo: «Qual é o nome daquele menino que sempre usa um boné escuro na cabeça e manca em uma perna ao andar?». ¡Manca em uma perna ao andar…! ¡Es cojo! ¿Cómo que cojo?, te dices para ti, no fueran a pensar que el güisqui te había nublado la percepción hasta el punto de llegar a ignorar la renquera. Si es cojo, pensaste, lo será como Garrincha, aquel futbolista chueco que volaba con el balón en los pies y sentaba a los defensas en la banda, sin dar señales de que su pierna derecha fuera seis centímetros más corta que la izquierda. Podría ser cierto, sí, estabas casi seguro, claro, por eso Carlos había salido embalado con el medicamento para su hermana, pero qué coño, si fuera patituerto, qué mejor pretexto que ir cristianamente en su búsqueda y redimirlo de sus infaustas penurias, aunque sólo fuera por el plazo modesto de un día.
—Olha, Misaeu. Amanhã poderíamos comprar um maiô bem bonitinho para o menino e levá-lo à praia —envidó entusiasmada la señora Geysa, tan pronto como olió la tostada de tu propuesta benefactora.
—Isso, isso, Mich, e depois nós vamos com ele a um restaurante para almoçar bacalhau, está bem amor? —subió la puja tu adorada Clau.
—Vocês têm muita razão, há mais alegria em dar do que receber —zanjaste tú con boca de fraile viejo, antes de volver a llenar el vaso.
Para entonces, la filantropía empapada de Chivas se había apoderado de la taberna, y así, de trago en pesquisa, supisteis que el chico más honesto de Cabo Frío, que se llamaba Carlos, como «O garoto Bombril» y que «manca em uma perna ao andar», o sea, que debía de ser zambo como el extremo Garrincha, dormía en un arrabal de Campo Redondo. Campo también eras tú, seguías siéndolo a las diez de la noche, y redondo, muy redondo, era el pedal que venía de camino y el cañón de la escopeta que os apuntó en la penumbra cuando llamasteis al timbre de su puerta.