No sabes de dónde te viene el repudio por el reino vegetal, el desdén por la playa y la montaña, el rechazo frontal hacia el rock —no irías a un concierto de Springsteen o de los Rollings ni aunque ellos te pagaran con sus cachés—, la indiferencia absoluta por los perros, los gatos, la moda, el deporte, las fiestas, los gentíos y cualquier viaje cuyo motivo no fuera acompañar a un amigo o que un amigo te estuviera esperando a ti para algo distinto a conocer un monumento, visitar un museo o recorrer una catedral. Tampoco sabes de dónde procede tu devoción por la música clásica, la literatura, la filosofía, los toros, las antigüedades, la investigación criminal, los suicidios. Y mucho menos, el porqué de tu afición a los conventos, los burdeles, los cafés, las librerías, las salas de autopsias (oh, las trepanaciones, cuánto saber ahí escondido) o los cementerios. Te parece que no tienes aversión a la especie humana, porque te fascina conversar con el prójimo, interesarte por sus asuntos, alegrarte sinceramente de sus logros, ayudar en lo que puedes; más bien crees que en tu recogimiento innegociable, minuciosamente estructurado, tallado con escrúpulo de imaginero, te reencuentras con el hombre extraño que te habita y te distancias de todo lo que te estorba. De todo, menos de tus libros, tus óperas, tu modesta colección de pipas y tus recias mezclas de tabacos con Perique y Latakia.