El director de La Nueva España entró en la cafetería del hotel Ramiro I con el pañuelo en la frente y urgido por cambiar de palo. El gin-tonic de cada tarde hubiera dejado un regusto demasiado salino como para sofocar la sed pavorosa y el bochorno tremebundo de los 32º que marcaba el termómetro en la calle Calvo Sotelo. El barman le propuso añadir un inesperado ingrediente y el periodista, encogiéndose de hombros, aceptó. Detrás de sus gafas de sabio, aquellos ojillos suyos, tan astutos y tan cordiales, comenzaron a arder de desconcierto al ver caer en el vaso mezclador seis medidas de ginebra Giró, dos botellines de tónica Schweppes, dos de bitter Cinzano y una paleta de hielo. Cuando el revoltijo alcanzó su punto álgido, la mitad se trasvasó a una copa de balón. A un paso de desecarse, don Luis Alberto la liquidó de tres quites y Manuel Caldevilla le preguntó con exquisita urbanidad:
—¿Da usted su aprobación, señor Cepeda?
—Eh, psss, bueno… —contestó él con su aire de lord británico y su dandismo despistado y bonachón.
—Se lo digo porque hay más en la jarra y puedo servirle otra. A la segunda, invita la casa.
— ¿Qué? ¡Pues claro, hombre, claro! Echa, echa «p’acá». No sé a qué demonios sabe, ¡pero por lo menos refresca!
Traes este caso aquí porque tu nefrólogo te encareció, tiempo ha, que tenías que lavarte el riñón hasta el día del juicio final, incluso bajo el cielo encapotado de este «veroño» insaboro y adípsico. Como pusiste por excusa que el agua es muy aburrida, te recomendó beberla en infusiones para que te entrara mejor. El viernes fuiste a revisión, el doctor te preguntó que qué tal y le contaste la anécdota de Cepeda: Da igual con qué la disfraces. El poleo es un petardo y la manzanilla un tostón, «pero por lo menos…».