Tenía, José Manuel Martino, el carisma de John Keating en «El club de los poetas muertos» (¡oh, profesor! ¡mi profesor!, le despiden hoy, a centenares, los alumnos) y enseñó a sus discípulos la vital urgencia de reflexionar para comprender, de aprehender para discernir. A su bondad sin tasa, tú le debes el tesoro «Casi todo, asesinato» —del científico forense Sydney Smith— y un texto manuscrito en servilletas, que te introdujo en el bolsillo de la americana una noche de tuna y «carpe diem», ya desde entonces erguido en tus atriles, que entrecomillas a continuación. Gracias, Jose querido, y hasta el juicio final, que a la jurispericia de tu oficio habrá de encomendarse este tozudo reo ante el ineludible Tribunal de las alturas. «La Universidad tiene su fundamento en un anhelo nunca satisfecho de excelencia, que provoca una tensión constante entre el saber y la ignorancia, el esfuerzo y la incuria, la generosidad de espíritu y la claudicación mezquina. El impulso crítico, sin el que no hay ciencia posible, no debe dejarse ahora en suspenso. Entre las virtudes universitarias se encuentra, sin duda, una vívida conciencia de la insatisfacción. La procura del saber, que es nuestro principal objetivo, significa necesariamente un cierto grado de utopía». J. M. Martino, abril 1996.