Hoy concluye la primera etapa de tu largo viaje hacia la abstinencia o, dicho de otra manera, has cubierto 365 singladuras sin permitirte una sola gota de licor a bordo, y tú has venido a levantar acta y a dar fe de que te has reconciliado contigo mismo. Cuando la psiquiatría te cerró las puertas algo se alborotó en tu consciencia. Comprendiste que para dar la batalla por tus propios medios era conveniente desaprender lo sabido y volver a empezar desde cero. Antes que a la inteligencia, muy limitada, o a la imaginación, ya menguada en demasía, decidiste acudir a los filósofos, te detuviste en Thomas Reid y te administraste una dosis de sentido común junto con unos gramos de divagación desganada. Así se produjo el hallazgo. Descubriste que el tratamiento más beneficioso no te obligaba en absoluto a «hacer algo», sino que te inducía por completo a «no hacer nada». Tan fácil como frenar, parar, desconectar, inhibirse, difuminarse. ¡Ahí estaba la pócima! Ninguna medicina más elemental, digestiva y barata; ningún antídoto más eficaz, incluso agraciado con el viento a favor del encierro nocturno por la pandemia, la limitación horaria de los tugurios y la prohibición —todavía vigente— de fumar en las terrazas, y sin embargo… A medio trayecto te diagnosticaron un tumor —¡por favor, que no se entere tu anciana madre!— que arremete con el nombre de Warthin (—¿Bar qué, doctora? —Bar, no: «Uar». —Ah, entiendo), cual si la guerra se hubiera emperrado en declararse también en el rostro, y el disparo te alcanzó en la mandíbula, y la metralla se incrustó en la parótida. Entonces la mitad de tu cerebro clamó: «Qué gran noticia para concederte un trago, qué estupenda razón viene en tu auxilio para adormecer la inquietud y anestesiar la incertidumbre hasta que llegue el dichoso resultado de la biopsia»; mientras la otra mitad te advertía: «Qué admirable contratiempo para ponerte a prueba, qué prodigioso percance para doblar la apuesta y calibrar el aguante, diga lo que diga el maldito dictamen del patólogo». No vas a ocultar que en ese tira y afloja de dos semanas tú te tambaleaste. Pero, afortunadamente, recordaste lo que habías argumentado años atrás en un «comité de expertos» sobre las recaídas: «No vengamos con la gaita de que hemos tocado fondo de nuevo, de que el médico nos lo ha pintado muy feo, de que nuestra esposa quiere largarse de casa, de que nos van a despedir del trabajo o de que debemos seis meses de alquiler, no nos engañemos con burdas chorradas ni nos confundamos con simples memeces. Si volvemos a la carga únicamente nos detendremos por el exclusivo motivo que lo hicimos la primera vez: Sólo cortamos con la bebida cuando todos, todos sin excepción, estuvimos hasta los cojones de estar hasta los cojones. No nos contemos mentiras ni nos sigamos haciendo trampas con banales bobadas». Y en consecuencia, fiel a tu homilía, en esta ocasión no cometiste la insensatez de testar el aplomo de tu relajada entrepierna. Como es obvio, la contienda no ha terminado. La travesía proseguirá durante los próximos doce meses. Ya no tanto porque la botella es una amante despechada y el güisqui no deja de insinuársete con la fuerza de un martillo pilón, cuanto por la tarea de envainar la arrogancia, derrocar la vanidad y enterrar el ego de una certera tacada. Nunca fuiste dado a las celebraciones, pero si se te ocurriera gozar del triunfo después, sabes que querrás disfrutarlo con una holgada templanza de ánimo, en el caso de que el fuelle resista y el barco no se vaya antes contigo al fondo del mar. Además de renunciar a lo que te sobra has empezado a desprenderte de lo que no te hace falta, salvo de la familia, los amigos, las audiciones líricas y las lecturas. El otoño trajo a tus manos un libro sobre Jesús de Galilea y algunos días, cuando la tarde se rinde a la noche, piensas que quizá te esté ayudando a saciar la tuya aquel que dijo en la cruz: «Tengo sed». Cuando menos lo buscabas vino por sorpresa a tu encuentro, lo cual no deja de parecerte un hecho ciertamente inefable. O mucho te equivocas o acabarás en la celda de un monasterio, no lo descartes. En esta línea y en este párrafo arranca la segunda etapa. Lo que aparenta un juego de palabras encierra la firmeza de un compromiso renovado. Te preguntaste: ¿Tu independencia de la dependencia depende… ¿de qué depende ahora?; te respondiste en un papel: «Depende enteramente de ti. Traspasado el primer año, no cabe excusa posible ni contingencia que valga». En la soledad te interrogas, en el silencio encuentras respuestas. Llegada a su término la fase que hoy da el testigo a la próxima, confías en arribar a puerto seguro al timón de tu complacida goleta. El reto siguiente es la serenidad; la meta final es la sobriedad sostenida. Como prolegómeno has pintado un cartel en el camarote porque, como es sabido, de bien nacidos —y de bien bebidos, parece bastante evidente— es ser agradecidos; y porque, a tu modo de ver, el humor, como el aire que empuja las velas, no cuesta dinero y hace más agradable la navegación por tus mares desérticos.
En tus aposentos, a 2 de noviembre de 2021.