Ni los más avisados esperábamos la bomba atómica de ayer, tan estruendosa en aplausos como la que cerró el primer acto de la obra con epicentro en Nagasaki. Barruntábamos que íbamos a gozar de una gran noche, ¡pero no tanto…! Y sucedió. Beatriz Díaz firmó una de las mejores Cio-Cio San de la historia de la ópera ovetense. Existen tantas Butterfly sobresalientes como cantantes memorables, pero ninguna tan pura, tan genuina, tan sentida, tan sobrecogedora, tan disfrutada como la del viernes. De entre su rica paleta de recursos canoros, nadie de su cuerda puede acercarse, ni de lejos, a sus estremecedores «pianissimi» marca de la casa. Hay muchísimas sopranos que seducen, pero hay sólo unas pocas que enamoran. Beatriz Díaz es una de ellas. El público estalló en lágrimas de emoción (hubieran hecho bien en anunciar por megafonía que tuviéramos preparados los pañuelos…) y puesto en pie hizo explotar un vendaval de ovaciones. Un triunfo redondo y rotundo. Una lección magistral de canto. Otra más. Si no supieras que es de Boo, dirías que Beatriz Díaz es de otro planeta. Si no conocieras sus orígenes -ni los de su gente-, sería un misterio para ti dilucidar cómo se ha forjado ese carácter: a más presión, más desahogo; a mayor desafío, mayor desenvoltura; cuanto más alto se pone el listón, con más soltura lo supera. Somos legión los que pensamos que esa Mimì de «La bohème» ya debería estar en camino y más aún los que nos seguimos preguntando para cuándo. Oviedo no puede esperar otros 17 años -los que lleva en ascenso imparable nuestra sopranísima- para complacernos con una nueva marcha triunfal en el Campoamor. Ni siquiera lo pides porque sea la mejor lírica asturiana de todos los tiempos. Ni porque anoche nos fuéramos sin un bis por no estar en el primer reparto. Ni por los éxitos clamorosos en medio mundo, en La Fenice, el Comunale, el Colón… cuyo eco se ignoró durante demasiado tiempo a este lado de El Negrón. No. Eso ya es agua pasada. Lo haces para intentar desentrañar sus límites vocales. O si se prefiere: para dejar por sentado que no los tiene. Por eso reivindicas para Beatriz Díaz -en Asturias, en Oviedo, en su tierra, en su casa- papeles peliagudos que la sitúen en el abismo mismo de lo imposible, roles al borde de lo inhumano que la transporten hasta el confín último de las fronteras sobrenaturales. Y ahí volverá a brillar resplandeciente. Sobre la roca resbaladiza que la transforma en gigante y en el desfiladero escabroso por el que pisa firme. Porque la ópera es canto y el canto de verdad se demuestra cantando. Quienes no se lo creían o todavía no se habían enterado, ahora ya lo saben.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!