Presumes que había algo de reto y algo más de rescate. El tributo a ti debido de restaurarte en tus viejas tradiciones, la actitud de hacerlo con cautela, supliendo los obstáculos con calma y presentido de que la cordialidad de los tuyos terminará mitigando las carencias. Intuyes, en fin, que corre por tu entraña el empeño de acercarte al misterio de Judea con la inocencia párvula de Susana, de Julia, de Luca, de Mateo (que acaba de llegar con el halo del adviento aún recién nacido); la quimera de ver en el destello de sus caras el asombro nostálgico del chiquillo que una vez también se maravilló frente al pesebre; el afán de alentar una mirada asible, perdurable, indeleble, como contrapeso al retumbo fugaz de pantallas, interfaces, avatares y simuladores; la meta de sembrar en ese instante prodigioso el germen que reavive la curiosidad —la de los niños, los amigos, los parientes, la tuya— por indagar, debatir e interpelarse sobre la historia más fantástica del mundo o la ficción más fantasiosa de la tierra, que para el caso tanto da. Y si en la génesis has pretendido que la voluntad alce su vuelo por encima de creyentes, agnósticos o ateos, das por sentado que en el colofón sólo se hallará la hondura de un pilar extraordinariamente simple: la abstinencia del alcohol no es Jesús de Nazaret, pero obra algunos pequeñísimos milagros…