Con las manos privadas de apretones, los abrazos arrestados, los besos reclusos, hasta que el albedrío vuelva a ser libre, apenas nos queda la palabra para esquivar la distancia que exige el protocolo y expresar un saludo de bienvenida a don José Luis Costillas, concejal de Cultura del ayuntamiento de Oviedo, a la familia de Montse, a los familiares de Diego, a los testigos y, naturalmente, a los contrayentes. Y un recuerdo entrañable para los que ya no están: para Jesús, padre de la novia; para María José, madrina del novio; y para los que no han podido venir. Mi sobrino, que es asimismo mi ahijado, me ha pedido que abra esta ceremonia sin imponerme consignas y sin libro de instrucciones. Así que empezaré por el principio. Lo primero es de cajón o, para ser más exactos, es de cuna. De cuna, de pañales y de biberones. Que Montse y Diego hayan venido al enlace con una hija en el capazo no sólo confirma que, entre aplausos y bostezos, el confinamiento fue una luna de miel a cuenta de anticipo, sino que, con las restricciones y el teletrabajo, Red Bull dio alas también a las cigüeñas, y ahí tenemos a Julia, un tesoro, un Potosí, en la cuenta de resultados. «Ya, ya… Un tesoro, ¡vaya gaita!». Estoy oyendo a mi abuelo, el que vivió en La Pasera, porfiando con tu bisabuela Gene para fijar el montante del estipendio nupcial, si aún estuvieran aquí. Él, agarrándose el bolsillo: «Viajes, banquete, invitados, una niña por criar… multiplica, multiplica, ¡no lo hacemos con milenta!». Ella, con el abanico: «Es una vez en la vida, ¡con lo mal que están las cosas, menudos gastos tendrán, y además la rapacina…! ¡Y ye tan rica!». Él, con acento guasón: «Bueno, pues si ye tan rica…»; después, crispo: «¿Cuánto dices…? ¡Eso, Gene, ye un montón! Tú pareces de casa grande, en plena cuesta de enero, sin un perru en la cartera…». Luego, sabiéndose derrotado y entre dientes: «¡Mecagüendiosla… con lo que cuesta ganarlo!». Eso fue lo que escuché, si excluimos a tu hija, por la boda de tus padres, Diego; y, si omitimos otras cosas, cuando a ti te bautizaron. De modo que, «con lo que cuesta ganarlo», mucho tendréis que currar… De los novios ya sabéis sus biografías, sus currículos, sus hojas de servicios que podrían empapelar este salón, −¡menos mal, diría mi abuelo, que tienen dónde arrancarlo!− por tanto, para no reiterar lo que todos conocéis, citaré unos atributos que espero no hayáis escuchado antes en jóvenes de su edad. Montse y Diego, Diego y Montse son dos muchachos excelentes −no tengáis la menor duda− y podéis estar seguros de que siempre lo serán; son amigos de sus amigos, son especiales, son cómplices −¡a que es una novedad!−; y además y sobre todo son dos seres de luz −sí, sí, lo habéis oído bien, dos seres de luz he dicho− y no es un tema menor, ahora que el recibo anda por las nubes. De todo eso doy yo fe que lo son por separado. Pero, ¿codo a codo? ¿Serán mucho más que dos como afirma Benedetti? La aritmética del amor se funda en sus propias leyes, hasta el punto de que la suma y la resta nos conducen a un intríngulis que acaba desembocando en una conclusión insólita. Uno más uno es uno, si permanecéis unidos; y dos menos uno es cero, si el acuerdo se disuelve. ¡Cómo se os queda el cuerpo a los que estudiasteis ciencias! Quiero deciros con esto que una yunta son dos bueyes, pero libres de su yugo, el buey suelto bien se lame; y un buey irá a su tuntún, y otro a la buena de Dios, cada uno por su lado; y a lo que salga saliere, si te he visto no me acuerdo. O mejor, y aquí me pondré poeta para explicar lo anterior: un tándem tiene dos ruedas / y tiene dos manillares / y dos pares de pedales, / mas roto por la mitad / por una contrariedad, / por una malvada grieta, / deja de ser… bicicleta. Luego, avisados quedáis. Pero, pongámonos serios porque, ciertamente, hoy es un día muy importante. «¡Hoy es un día muy importante!» lo diría Antonio Landeta si estuviera en mi lugar, aquel presidente de la Junta General del Principado que, de tanto repetirla, convirtió la frase en chascarrillo. Una vez, un periodista aprendiz llegó tarde a un patachún, algo que se inauguraba, era una «primera piedra», un túnel en no sé dónde, no sé qué de una dovela de mucha pompa y boato. Y sucedió que para escribir la crónica le preguntó a otro colega más veterano que él, cuando se acabó la juerga: «¿Qué ha dicho Landeta hoy?». Y aquel, curtido hasta la entrepierna en estos pitos y flautas, gravemente contestó: «Qué va a decir, lo de siempre. Que es un día muy importante». En efecto, el 8 de enero es un día para la historia por dos bodas de bemoles y ya está en la enciclopedia: la vuestra llena de honra, que en tal fecha como ésta alzó el telón en Berlín en el 2018, y hoy selláis ante nosotros; y la que tal como hoy, en el año 2020, todos vimos en Madrid, mitad lloros, mitad risas, temblores, escalofríos, achuchones, alborozos. Ante el Rey Felipe VI, Pedro el Breve, luego el Grande, se prometió presidente, y ahora, por lo que barrunto, Pedro I el Eterno. ¡Sánchez!, que vaticinaba largas noches sin dormir; ¡Iglesias!, con la matraca de que asaltaría los cielos; los dos, más chulos que un ocho, se cogieron del bracero ¡agárrate! −como en el pasacalle de «Agua, azucarillos y aguardiente», ¡pasodoble al bipartito, nada menos!− y en el Pacto del Abrazo se dijeron el «sí, quiero». ¡Que se besen! ¡Que se besen! Y las malas, viperinas, las deslenguadas sin hueso, en corrillos murmuraron que hubo beso… ¡y que hubo lengua! Lo que no sólo evidencia −amigos míos− que la política sigue haciendo extraños compañeros de cama, sino que, bajo la misma efeméride, hay días esbeltos para brindar de gozo y días nefastos −sobre todo para algunos− que sería más provechoso darse por entero a la bebida, como Santos Barinaga dando tumbos por nuestra vieja Vetusta en «La Regenta». Y así, llegando a lo que se pimpla y a lo que se zampa, a lo que entra por la boca, desciende garganta abajo y se hospeda en el estómago, termino. Que el mucho hablar no hace cocer el arroz y ya veo caras de hambre. Por ende, gracias por concederme el honor de este preludio que Cristo sabrá premiarme, que nunca tanto escribí ni había vuelto a los atriles desde que estoy jubilado. Y que la gloria os colme, Montse y Diego, Diego y Montse; que habite siempre dichosa, corazón con corazón, en un miocardio mayor, que es lo que mi alma me dicta con gran felicitación y con gran enhorabuena. En la nota del registro sólo queda rubricar que hubo una boda civil y que también hubo… Misa; sólo me queda gritar y que conmigo gritéis: ¡vivan los novios!
MC, 8 de enero de 2022.