Esta Semana Santa se han ido dos locutores de casta, dos punteros de dos generaciones: Carlos Novoa y José Luis San Martín. Carlos fue un «enfant terrible», a cuya voz singularísima legaste la grabación de decenas de cuñas publicitarias; José Luis parecía un Hemingway ovetense, pero más afable y comedido, con su aire de cosmopolita despistado, con aquella generosidad atestiguada en el homenaje que le tributasteis a Carlos Jeannot, otra leyenda de la radio. Entre otras cosas, envejecer consiste en ir despidiéndose de compañeros con los que has atravesado diversos pasajes del trayecto. No hay semana que no le digas adiós a algún amigo, algún conocido, algún allegado, algún pariente. Es el pan nuestro (y duro) de cada día. La única y verdadera ley de leyes.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!