Nadal se ha deslomado empuñando la raqueta y tú abrazado a un vaso de güisqui. Son dos formas, entre otras muchas, de acribillarse uno la anatomía. A ti te lo habían advertido y estás seguro de que a él también. Tanto sacrificio, tanto esfuerzo, tanto derroche, tanto tesón. A que le suena. Tú le has visto cojear en la pista y a ti te han visto arrastrándote por el suelo de un hospital. Cada cual en lo suyo, habéis sido insaciables, siempre pensando en la próxima, siempre queriendo una más. A él le gustaría seguir levantando copas y a ti vaciando botellas pero, ay, un dolor pejiguero os cruza un crudo revés y llega ese mal día en que no podéis restarlo. Para hacerte cargo de su tormento —media vida con un tiro en el pie—, dejas aquí la causa del tuyo —otra media con un cañonazo en el páncreas—. Empero, hay algo que no eres capaz de entender. Él ha alcanzado la gloria y se siente infeliz; tu te has ganado la ruina y la toleras muy ricamente. ¿Será Nadal uno de esos ganadores que nunca sabe perder? ¿Serás tú un perdedor nato que no te dejas ganar? Rafael: si tampoco lo tiene claro, pregúnteselo a ese tío de usted que parece tan listo.