16 de mayo de 1920. El teléfono suena en el teatro Campoamor. Emilia Benita «La Satisfecha» ya había cantado «Torna la gocha» de Baldomero Fernández y de repente, a mitad de la función, se bajó el telón sobre el escenario. Con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada, la folclórica murciana se excusó: «Respetable público… no puedo continuar… acabamos de saber que a Joselito le ha matado un toro». Cuando la tarde se precipitaba en la noche y la noticia llegó a Madrid, también vieron llorar amargamente a Juan Belmonte en su domicilio de la calle Lista. La víspera, San Isidro, habían encabezado cartel en la plaza de Fuente del Berro de la capital, un mano a mano prometedor que se deslució en la arena y encendió la bronca en el tendido. Cuentan que una misteriosa dama vestida de blanco increpó al matador gitano: ¡Ojalá mañana te mate un toro en Talavera! Agorería, maleficio, mal fario… Joselito «El Gallo» y Juan Belmonte «El Pasmo de Triana» fueron rivales en los paseíllos y amigos en los cafés. José se coronó en la lidia de la escuela sevillana, dominó el rito en todas las suertes, y esculpió naturales en redondo, largos y bien ligados, que marcaron una época. Juan se fraguó en la academia rondeña, inventó la liturgia del parar, templar y mandar, esbozó la media verónica enrollada en el capote y el cite de muleta al pitón contrario, desvelando la esencia del toreo pausado y parsimonioso. «Bailaor» era un toro chico, negro y burriciego. Se arrancó de lejos, corneó a Joselito en el muslo y lo elevó por los aires. En su aparatosa caída, el bicho lanzó un derrote con el otro asta, le segó la barriga y lo destripó. El suceso corrió como la pólvora y a la virgen Macarena la vistieron de luto por primera y única vez en la historia. Belmonte nunca se recuperó del todo de aquella fatalidad. La muerte se apostó en sus hechuras y aguardó al acecho en las sienes plateadas de su retiro de los ruedos. En 1961, Ernest Hemingway se reventó el cielo de la boca con una escopeta Boss, de calibre doce y doble cañón. —Maestro, don Ernesto se ha suicidado, qué opina usted. Belmonte, que había conocido al autor de «Fiesta», sólo dijo dos palabras: —Bien hecho. Muchos años atrás, Rafael «El Guerra», el del ingenioso «hay gente pa tó», a despecho del estilo innovador y del peligro que afrontaba Juan en el redondel, había vaticinado con displicencia: «Quien quiera verlo que venga pronto, pues no va a llegar a tiempo». Hemingway también se sumó poco después al pronóstico: «Belmonte acabará por morir, porque anda siempre a dos pasos de la tragedia». No fue vestido de luces. Al atardecer del 8 de abril de 1962, Juan se pegó un tiro de pistola por encima de la oreja derecha en su finca utrerana «Gómez Cardeña» con una Luger del 6,35 que había comprado durante una gira por México. Aunque no vivió para verlo, llevaba razón el escritor estadounidense: «Si sigues lo suficiente cualquier vida, seguro que al final acaba mal».
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!