Cenasteis en «El marchica rojo» con Carlos Cano. Fue la noche siguiente al recital, que José Luis había venido a presentar al Campoamor. Antes, de repente, el aneurisma, el «Monte Sinaí», la cirugía, el mayo y 25, «el día del doctor Fuster y los milagros», había escrito Faustino; «nací en Nueva York, provincia de Granada, a mi corazón llega una arteria que ahora se llama Oviedo», no se cansaba de decirnos Carlos. Y como volvió a nacer tan retoñado, tan mocetón, la bandolera al hombro, y su tensiómetro, y su aquel aprensivo, había que celebrar la vida con idéntica urgencia. Luego le acompañasteis al hotel y anduvisteis hasta el «Trafalgar». Charlasteis del oficio, Balbín quiso resucitar para tu agencia el eslogan de la vieja Arce & Potti: «Anunciamos anuncios anunciándonos», hicisteis un repaso por todas las mujeres pasadas y presentes, bebisteis güisqui, fumasteis vuestras pipas. En la portada de La Voz de Asturias, que os trajo Santiago ya domingo, una noticia triste, como otro adiós definitivo y último, el crimen de Anabel Segura, el secuestro, el hallazgo, la pena, la repulsa. Después qué pronto se nos fue Carlitos, detrás Fausto. Ahora sois, otra vez, la Trinidad. Te condueles con Zoilo Martínez de la Vega, que siempre fue su hermano, y con Rosa Valenty, y guardas en tu memoria la cena en «Casa Lucio», y el ángel del teatro, y el origen de EFE, y el ciempiés de «La Clave», que también fue «La Senda» más allá del Atlántico.