Despertaste. Primero, un miedo desconocido te paralizó; luego, los brazos y las piernas comenzaron a temblar bruscamente. Notaste que un frío de tiritona te escarbaba en los huesos bajo un sudor helado. Al poco, en el silencio rígido del dormitorio a oscuras, prorrumpió un tumulto de zambomba sobre la maleza pegajosa de tu torso desnudo. Entre grandes traqueteos, creíste que te estallaría el corazón. Estabas descompuesto, exhausto, horrorizado. Te ahogabas. Lo que más te horripiló fue sentir que una aparición misteriosa te arrastraba por las sábanas para llevarte en sus garras repulsivas, pero en seguida sospechaste una crueldad mucho peor: pretendía comerte vivo. No recuerdas ni cómo, diste un salto en la cama y lograste encender la luz. En la mesita de noche hallaste las huellas aún frescas de aquel terror indescriptible. Sobre el plato de la cena habían quedado las sobras de dos tarros de yogur. Fue verlos y soltar una carcajada de lunático. ¡Maldita sea! Eran dos tarros de yogur de coco.