«Suerte, vista y al toro», le dices al jefe de cirugía antes de que te dejen grogui. La anestesista te repite que pienses en algo bonito, lo último que recuerdas es haber pronunciado «atún», «atún del norte», para complacerla. «Todo ha salido bien», oyes al oído en reanimación. Dos horas después de subirte a la habitación, la enfermera te anuncia que ya te puedes levantar. Cuando estás en el baño observas con espanto que una de las dos protrusiones que te deberían haber reducido sigue encrestada en el mismo lugar. Das la voz de alarma. Al momento, reconoces a la cirujana que acaba de asistir a su jefe en la mesa de operaciones, la ves como avanza hacia ti, retira la ropa de la cama, te levanta el camisón, con una mano te agarra por la bolsa escrotal y con los dedos de la otra te palpa el abdomen por encima de los vendajes. «Cojones −piensas−, estás perdido, te tiene bien cogido por las turmas. Más te vale no protestar precisamente ahora, en este justo momento, aunque hayas pagado por adelantado tres cuartas partes del estropicio». Ella te dice que no se lo explica, que la malla ha podido vencerse, que quizá se haya desprendido de los ganchos de sujeción. «Hay que volver a operarlo», asegura mientras te suelta de la envoltura testicular, y se marcha a toda prisa para organizar el safari con el jefe y la supervisora del sanatorio. Al poco, regresa para decirte que hay que actuar con urgencia, pero que aún no sabe qué día ni a qué hora, que podría ser mañana o el viernes. Entonces, te plantas; no estás dispuesto a tragar con eso, adivinas que tienes que mover ficha, se te ocurre una pirueta estrambótica: exiges el alta voluntaria. La cirujana trata de persuadirte para que permanezcas hospitalizado, te enumera los peligros de una infección y una sarta de crudas complicaciones, percibes la preocupación dibujada en su semblante serio. Tú ya has decidido irte, le contestas que asumes los riesgos, y convienes con ella que regresarás a la clínica tan pronto como te avisen. A regañadientes te dan el informe para que puedas largarte. Te retiran la vía intravenosa, el esparadrapo se despega al primer movimiento, el algodón rueda por el suelo, la sangre se riega por el piso, por tu camisa y tus pantalones. Llegas hecho un Cristo al portal de tu casa en un taxi. Subes las escaleras como si fueras pisando huevos, como si los peldaños temblequearan bajo tus pies. Tomas la medicación y entras en hipoglucemia. Pones un sobre de azúcar bajo la lengua, viertes otros dos en un vaso con agua, lo bebes a sorbos hasta que notas que la glucosa se normaliza. Duermes dos horas y pico, tratas de enderezarte, ves las estrellas del mismo color que cuando tuviste la última pancreatitis, te recuestas en el sillón abatible, han dado las siete y ya no puedes tomar analgésicos porque tienes que estar en ayunas por si te llaman, tratas de aliviar el dolor respirando hondo, cargas la pipa, la enciendes, fumas, intentas buscar postura y ponerte cómodo, lees lo último de Eduardo Mendoza, anotas una frase: «La rueda de la fortuna es volátil y los planes más sólidos los tuerce el destino; y si no se tuercen solos: el resultado es el mismo», y esta otra del epílogo: «El azar es malintencionado y en cuanto puede siembra discordias y resquemores», carraspeas, no van a poder quitarte tu buen humor, estornudas, vuelves a ver las estrellas del mismo color, toses, te retuerces para volver a ponerte de pie, sales al balcón, en la calle la vida va y viene sin ninguna dificultad aparente, tan campante como tú mismo cuando bajaste a la farmacia ayer para comprarte una mierda de suspensorio, ves a la gente paseando a sus chuchos, corriendo en pantalón corto, empujando el carrito de la compra, tú caminas como un funambulista para ir al baño, a duras penas consigues erguirte para conectar la radio, tienes que sentarte otra vez, envías unos correos electrónicos con lotería para unos amigos, suena el teléfono, coño, por fin, menos mal, ya era hora. Tendrás que volver a las doce, te bajarán a las dos al quirófano para la segunda cirugía. Ya conoces el protocolo: te bañas con jabón antibacteriano, te pones el camisón, te acuestas en la cama, te toman las constantes vitales, te pinchan la vena, te inyectan sueros con dos goteros, te dan un tranquilizante, te trasladan a la zona quirúrgica. El equipo médico te pide disculpas, el cirujano jefe ya te las ha ofrecido en la habitación, la cirujana pone cara de circunstancias, tú dices de buen rollito: «No se preocupen, son cosas que pasan. José Tomás también tuvo que descabellar una tarde en Las Ventas. Al tercer aviso, cuando el toro iba a ser devuelto al corral, lo tuvo que apuntillar el cachetero. Así que adelante con los faroles y que a nadie le tiemble la contera». Al día siguiente, llamas a la enfermera por el telefonillo de la mesita: «Son las diez de la mañana, y la cirujana me dijo ayer que vendría hoy a las nueve para darme el alta. No puedo esperar ni un minuto más. Dígale que tengo que irme a casa, que he dejado la ropa en lejía». Al rato, llega con un sobre en la mano, pero pide volver a examinarte antes de dártelo. Mientras te palpa, clavas los ojos en el techo y contienes la respiración: ni chiflado vas a decirle que sientes algunas molestias. Por fin, la doctora asiente, te ordena que te vistas, te da las instrucciones del posoperatorio, añade: «Solicite una cita para dentro de un mes, puede ser con mi jefe o conmigo, con quien usted prefiera». Entonces la miras fijamente a los ojos y adviertes un súbito rubor en su cara, como si estuviera esperando el dardo de tu respuesta: «En ese caso, me lo pensaré». Sin dejar de mirarla, notas que sus mofletes se vuelven más y más sonrojados hasta que afinas la contestación: «Ya está. Creo que optaré por quien menos me los apriete». Ella esboza una media sonrisa, mitad pudibunda, mitad pánfila. Tú le das las gracias y te despides. En el taxi de vuelta empiezas a presentir que no volverán a verte el pelo allí nunca más.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!