No. Ella nunca estuvo en tu cama. Ni habéis dormido juntos una vez. Eso no es verídico. Todo fue una fantasía, una vil y burda fantasía. Si fuera cierto que la noche os aplastó debajo de una colcha, entonces ella no era exactamente ella, y tampoco tú eras tú. En la linde que separa el afecto del cariño fuisteis las marionetas de una farsa que quisisteis creer que era verdad. De madrugada la oíste agitarse al lado de tu pecho, y te escuchaste a ti respirando cerca de su espalda, pero erais dos sonámbulos cargando con un ataúd vacío por el huerto clandestino de un epitafio sin anhelos; dos cadáveres lúgubres embarrando de impudicia el estúpido comienzo de lo que no fuisteis y pudriéndose en la fosa desastrada de lo que jamás seríais: tal vez no lo supisteis en el acto, pero ya os rebozabais en la mugre. En el trágala abismal de este enredo disfrazado de conforme pleitesía, apenas sobrevuelan dos embocaduras anodinas, o quizá tres, probablemente acabaran siendo tres arremetidas desganadas, y un fotograma congelado en tu retina que no se borrará de la cabeza. Fue aquella mueca breve y terrible −y tan real− que ella te devolvió cuando saliste a despedirla al balcón de tu casa; aquel semblante derrumbado, a la deriva, sin retorno; aquel instante aciago en el que volviste a amarla con un fuego inédito, urgente, turbulento, desquiciado; aquel adiós apresurado en el que perecía sin remisión una ficción infame que sólo fue un funambulismo sobre una cuerda floja. No. No y mil veces no. Ella no puede ser culpable de lo que nunca medró, como seguramente tú tampoco lo has sido. Y, sin embargo, tú no te consideras inocente. Coliges que no debiste arrastrarla por los cristales rotos de una intentona tan canalla, que no era tolerable ni exigible para enterrar el yugo de lo que bien sospechabais desde mucho tiempo atrás. Ahora ya nada volverá a ser lo mismo. Ni siquiera el repudio que exonere tu culpa borrará el castigo aberrante, el grito atroz de sus labios profanados, el delito consentido (y sin sentido) que te perseguirá sin piedad hasta la tumba con la furia desatada de un monstruoso verdugo.