Os casasteis tres meses después de que ella abandonara su trabajo, y lo fuisteis a celebrar a Venecia. Tú estabas renqueante de la tercera cirugía, que devolvió a su lugar lo que insistía en salirse del cauce abdominal en proterva insumisión, pero bastó el afán de las mollas de los dedos y el celo de las puntas de las lenguas para que la explosión del dormitorio traspasara las paredes del hotel Danieli e hiciera temblar el puente de Rialto. Cuando te restableciste, seguisteis yendo un paso más allá de lo que había sido ya explorado a voluntad, con frecuencia hasta que se encendían las luces rojas de un descontrol consentidamente comedido, y descubristeis nuevas formas de daros, como si el placer saltara del júbilo de las anatomías curvilíneas a las profundidades remotas de dos almas ardientes y sedientas en un infinito eterno de deseo. Poco después viajasteis a Lisboa y allí te sorprendió la muerte de tu agente literario. Volaste a Barcelona para acudir al entierro, y volviste al día siguiente al Palácio da Anunciada, donde ella te esperó leyendo en francés a Amélie Nothomb, tomando el sol en la piscina y echándote de menos, tanto como tú a ella en aquel ir y venir apresurado. Era verdad: no había tiempo que perder. Os mudasteis a Santillana del Mar y os construisteis un mundo a la medida, radicalmente ajeno a cualquier otro mundo conocido hasta entonces por la humanidad. Era un mundo mágico, aquel mundo labrado en exclusiva; un mundo propio en el que sólo habitabais ella y tú, porque lo habíais levantado mano sobre mano y os pertenecía en su totalidad: era completamente uno, era enteramente de los dos. Uno, de los dos y de nadie más que de los dos. Cada amanecer comenzabais de cero. Festejabais cómo la luna se batía en retirada por el alba al asomar la mañana, y cómo el primer velo de la noche se iba meciendo gozoso en los rayos de una puesta de sol agradecida. La única premura era vivir, el único destino, amar: amarse. Todo se improvisaba y todo se llenaba de fascinación, el almuerzo, la siesta, los libros, la música, las flores, los pistachos; todo se inventaba sobre la marcha, hasta la fogosidad arremetía en intempestivas oleadas con la espuma insólita y traviesa de un ardor espontáneo siempre joven, siempre fresco, siempre nuevo, siempre inacabado, jugueteando como un recién nacido por los pliegues divertidos de las anatomías en complacencia. No había tiempo que perder, era cierto, no lo había, pero tú no le dijiste nada. Buena parte de tu felicidad consistía en verla a ella feliz, a todas horas feliz, feliz sin adjetivos, feliz, feliz, feliz. Al principio, sólo lo supisteis tu médico y tú. Pero cuando te empezó a acorralar la metástasis y se acercó el momento de hacerlo, aún sin el rastro visible del inapelable deterioro progresivo, llamaste a tu sobrino y le diste una carta para ella. Como todas las mañanas, aquel día preparaste el café, y antes de que saliera por la puerta en dirección al gimnasio os besasteis, os disteis aquel beso frugal de despedida, que sólo tú sabías que sería el último. A continuación, te recostaste en la cama y rezaste un padrenuestro. Sabías bien cómo ejecutarlo, con limpieza extremada, de una certera vez, sin dejar pruebas de indicios ni evidencias; tenías que provocarte un infarto, y te lo provocaste. Fin. Habías dado las instrucciones precisas de tu incineración, una condición insoslayable que impediría la exhumación ante una demanda por suicidio, no fuera a ser que la compañía hallara subterfugios legales para eludir pagarle a ella tu seguro de vida, y te marchaste en paz, por la vía rápida, con la faena despachada y los deberes acabados. Según el plan establecido, el jueves tu sobrino debía entregarle a ella el sobre con tu nota: «No mires nunca atrás. No hagas preguntas ni busques respuestas. Buena suerte. Sé feliz el resto de tus días y enciende otra fogata. No puede volver a arder lo que ya ardió».

(En memoria de Fernando Marías, 1958-2022)