Ibas a buscar una botella para sacudirte el muermo cuando, movido por el azogue de saber en qué día malvivirías, volviste a coger el periódico. Leíste: «dos de noviembre»; y lo dejaste a un lado de la mesa con la misma torpeza que unos minutos antes. Apagaste un cigarrillo y prendiste otro. Lo hubieras encendido con la colilla del que aplastaste en el cenicero de no tener los dedos temblones, exactos a las agujas de los manómetros que miden la presión de aire de los neumáticos. Cada calada requería sujetar el filtro del pitillo con los dedos pulgar e índice de la mano izquierda y pedir ayuda al pulgar y el índice de la derecha para encajarlo por fin en tus labios. Un sudor pegajoso descendía por tu cabeza y empapaba tu bigote y tu barba, tu garganta y tu cuello se abrasaban en la tobera de una forja de fuego infernal, tu corazón tronaba a 150 pulsaciones por minuto con el sonido monocorde de un tambor golpeado por una tribu de poseídos, y tu estómago gruñía igual que un tigre enjaulado, rociado con gasolina y envuelto en llamas. Te estabas muriendo y, a pesar de todo, deseaste imperiosamente un trago, un maldito trago de cualquier clase de licor para domeñar la temblorina y reducir las pulsaciones, un trago miserable que pudiera regular la temperatura de tu cuerpo y te devolviera al reino de los vivos. Vana ilusión. Habías vaciado por la taza del retrete todas las botellas de güisqui, y de ron, y de ginebra, y de coñac; no sólo eso, te habías desprendido del alcohol de farmacia, de las colonias, de los perfumes, de los desodorantes, hasta el vinagre condenaste al destierro; y fue tal tu desasosiego y tu extrañeza que el rigor del desabastecimiento obrado por tu propia mano encendió un atisbo de luz en tus confusas cavilaciones. En ese instante, como el vago recuerdo de algo que habías mecanografiado hacía pocas horas, una corazonada chispeó en tu memoria. Te acercaste a la vieja Underwood, relegada a una mera antigualla sobre su atril de acero, pero en la que aún escribías de vez en cuando algunas frases con ínfulas lapidarias, y ahí estaba, contundente y descalabrada sobre el folio que asomaba sobre el rodillo, la que habías tecleado al llegar a casa tu última noche de farra: «Nop volve r é a be be rr mÁsd,. Moririré sze co. Se co».