Pasó una tarde, pasó una mañana, y vio Dios que era bueno. Dejaste de indagar en el conformismo manso de la gente, en las multitudes que galopan a los lugares de moda, devoran las mismas teleseries, acaparan tendencias y tragan con la sopa de que comer es «vivir una experiencia». ¡Que les aproveche! Ninguna de esas gaitas te interesaba ya. Te habías emborrachado lo suficiente con la bendita laya de los bajos fondos y habías fumado demasiados habanos con los popes arrogantes de las últimas plantas como para conocer los linderos de la vida en su totalidad. Sin esas partituras sólo podrías tocar de oído. Ahora sabías cómo suenan los instrumentos de la fanfarria y qué música querías interpretar. Seguiste ascendiendo poco a poco a la patria del prófugo fijando tus ojos en lo corriente y lo moliente: un lapicero, unas zapatillas, una lata de lentejas, un cortaúñas. Pasó un mes, pasaron cuarenta y dos, y vio Dios que era bueno. Y viste tú que también. No sólo bueno, era mejor que bueno: era cojonudo. Un jolgorio de paz, un cautiverio de juerga sin final ni principio. Después de mucho cavilar llegaste a la siguiente conclusión: para que tú dejarás de beber, tuvo Jehová que enviar al mundo una pandemia que cerró tabernas, bares y burdeles a cal y canto; y para que permanecieras sin hacerlo, mandó luego sobre la tierra un descomunal cambio climático como testimonio de que tu sed aplastada seguía corriendo alegre a la par que la sequía. Pobre de ti, ingrato pecador. Por si no fueran bastante estos signos prodigiosos, y maldiciéndote lo tuyo por las penurias de tu fe menguada, colocaste un recordatorio en la hoja del mes de mayo del almanaque: «Confianzas, las justas. Dios consiente, pero no siempre».