Acariciabas el clavijero del violín desencordado, los libros de viejo, los quevedos rotos, las estilográficas muertas, como si quisieras seguir manoseando un trozo de belleza rancia a la que convidarte antes de rubricar el testamento. En aquellas reliquias apagadas veías centellear las hechuras cegadoras de la mujer que se había dado a complacer tu varonía desde el anochecer hasta las seis de la mañana. Ella supo cómo agotarte y tú le rogaste que no volviera. Comprendías que nada puede ocurrir cuando ya todo ha sucedido. Seguías teniendo un hígado para beber y dos pulmones para fumar, pero no te quedaba corazón. Ni corazón ni páncreas.