Acariciabas el clavijero del violín desencordado, los libros de viejo, los quevedos rotos, las estilográficas muertas, como si quisieras seguir manoseando un trozo de belleza rancia a la que convidarte antes de rubricar el testamento. En aquellas reliquias apagadas veías centellear las hechuras cegadoras de la mujer que se había dado a complacer tu varonía desde el anochecer hasta las seis de la mañana. Ella supo cómo agotarte y tú le rogaste que no volviera. Comprendías que nada puede ocurrir cuando ya todo ha sucedido. Seguías teniendo un hígado para beber y dos pulmones para fumar, pero no te quedaba corazón. Ni corazón ni páncreas.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!