Pagas el precio de una trinca de estropicios. Tres días abruptos, borrosos, empinados. Tres. Ese número dos veces curvo (peligrosamente curvo), esa cifra burlona del otorrino en la consulta empeñado en que repitas «treinta y tres», ese dígito enigmático de la divinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo; de las potencias del alma: «memoria, intelligentia et voluntas», de las virtudes teologales: fe, esperanza, caridad; de los crucificados en El Calvario: Dimas, Gestas y el Nazareno; o también, esa tríada del régimen militar: el santo, la seña y la contraseña; de un trabalenguas enrevesado: tres, tristes, tigres; de lo evidente e imperturbable: sota, caballo y rey. En tu trinidad de turbulencias semanales hubo un anteayer y un ayer (quién sabe si habrá un domingo) y hay, providencialmente, un hoy. Hoy, esta tarde, ha regresado el hombre. No aquel de quien Hemingway dijo que podía «ser destruido pero no derrotado», aserto que nunca has compartido. No. Hoy se ha vuelto a poner en pie uno que cayó derrotado en cientos de batallas, pero a quien la guerra aún no ha conseguido destruir.
¡Lo siento por ti, Ballantine’s!
¡Secaos las lágrimas, cocodrilos!
¡Es el finiquito, estúpidos!
Háztelo mirar. Verás qué poco te queda…
¡Id corriendo a mi casa! He dejado la ropa en lejía
Mucho peor que morirme fue mi forma de matarme
No fui nadie y nadie soy
De tumbo en tumbo vine a parar a la tumba
Rema, rema… Tú también morirás en la orilla
Y colorín colorado…
Arrojad mis cenizas en Estaca de Bares, que a lo mejor encuentro alguno abierto…
¡Hatajo de cotillas! Esta vez no estaba de parranda…
Ya no me daba la vida
Dejaos de letanías y cantadme de una vez el brindis de «La Traviata»
¿Quién dijo que no tenía donde caerme muerto?
Lo siento. No estoy para nadie
Oferta irresistible: restos a la venta en el interior
Mi existencia fue un desastre… hasta que dejó de serlo
¡Lárgate! Te dije que sólo te amaría mientras viviera
Se acabó lo que se daba
Cuando no puedes sostenerte de pie lo mejor es tumbarse a la larga
Apagado y fuera de cobertura
Me hicieron en un polvo… y en otro polvo me deshago
Siempre tuve vocación de calavera
¡Hasta aquí hemos llegado!