Acudiste a Madrid envuelto en la certitud de que La del Manojo de Rosas sería el último título que presenciarías en el viejo coliseo de la calle Jovellanos. Fue una decisión difícil. Casi un año antes habías invitado a la representación a un puñado de allegados y te reconcomía la contingencia de tener que cancelar la cita. Al fin, la víspera resolviste que debías ponerte a prueba, confrontar el fondo de tus reservas biológicas con el paulatino deterioro que empezaba a hacerte mella. Llegaste un poco antes de que se alzara el telón (como tantas veces en tantísimos patios de butacas) y regresaste al día siguiente en uno de los primeros trenes. Quedamente, te despediste del teatro lírico nacional «La Zarzuela», pero sin fanatismos ni melancolías. En cada renuncia que te impone la enfermedad retumba la urgencia de un balance. Recordaste un pasado de funciones matritenses con más luces que sombras, y paladeaste un presente radiante, una tarde gozosa que acabó en la complacida velada de un cenadero próximo. Al futuro no le hiciste concesiones. El mañana nunca te preocupó demasiado y aquella noche, incluso sabiéndote entre la espada y la pared, el porvenir (y lo porvenir) no te inquietó nada de nada.