Entraste en el baño, buscaste dos tramadoles, los disolviste en un vaso de güisqui y los tragaste. Tus piernas escuálidas sostenían a duras penas el tronco arrasado por el cráter del páncreas en llamas, doblado por la cintura como un ciprés en trance de vencerse por un vendaval, en riesgo inminente de desplomarte. Te sujetaste al lavabo, alzaste la cabeza y te observaste. En la cara sobresalían dos párpados abotagados del color del bedelio y, por debajo, las mejillas eran dos medias lunas cárdenas aplastándose sobre los pómulos derrumbados. Los ojos sin brillo se hundían en las cuencas mermadas igual que dos lentejuelas de luz languideciente. El semblante aún exhibía un par de surcos corrugados, que atravesaban la frente resudada por delante de la calva yerma, una nariz respingona, como eludiendo rozarse con el bigote amarillento y remetido en los labios amoratados, y una barba canosa, corrida y descuidada, que dejó de retemblar en el mentón cuando apretaste los dientes en las quijadas a guisa de un difunto con barbillera. Apartaste la vista del espejo para mirarte a ciegas en la retentiva y dedujiste que la calavera troquelada en la pantalla en negro de tu cerebro era el rostro de la muerte o, tal vez, la muerte misma. No te importó lo más mínimo. En cuanto la tormenta dio señales de apaciguarse, avanzaste por el pasillo de vuelta al salón y pusiste a sonar con vigor el cedé de Marina. Querías regalarte un trago con Roque para admitir también, con la insolencia de una bufonada, que «si Dios hubiera hecho de vino el mar, yo me volviera pato para nadar». Escuchaste repetidas veces el brindis y las seguidillas y el tango, canturreando por lo bajini, hasta vaciar la botella sin enmendarte. Una semana después te ataron a la cama en un hospital.